Aventura

Amos del viento

Por: Lorenzo Morales


Una brisa constante y un mar sin olas hacen del Cabo de la Vela la estación perfecta para el kitesurf, un deporte que cada vez toma más vuelo en Colombia.

El Cabo de la Vela, en La Guajira, ya no sólo es idílico por sus playas vírgenes y su mar transparente sino también por su brisa. Esa brisa que para muchos sólo sirve para refrescar el cuerpo y para contener a los mosquitos, es para otros la principal razón para venir hasta este lejano desierto de arena y cactus, a tres horas en campero desde Riohacha, la capital del departamento.
Contra el impecable cielo azul de este rincón en el cabo más al norte de Colombia y de Suramérica, ya no sólo se ven surcar las siluetas de alcatraces y patos negros. Ahora se suman decenas de alas gigantes que van y vienen siguiendo el croquis de la playa. Son las cometas de los kitesurfers, una nueva estirpe de deportistas extremos que usan el viento para deslizarse sobre el mar.

Un deporte que apasiona

Tanto viento que sopla en este extremo de Colombia hizo que en julio de este año el Cabo de la Vela fuera la sede del III Campeonato de kiteboarding. Al menos 25 cometas de todos los colores, pertenecientes a deportistas venidos de casi todo el país, pero especialmente de Cartagena y Barranquilla, flotaban en el cielo. El plato fuerte de la competencia fue sin duda la carrera llamada long distance, un recorrido de 34 millas náuticas desde Punta Gallinas hasta el Cabo de la Vela en el que los deportistas ponen a prueba su estado físico y su destreza, rodeados de un paisaje excepcional de acantilados, dunas y formaciones rocosas sorprendentes como el Pilón de Azúcar, una colina de piedra que rompe en el mar formando una hermosa playa de arena amarilla tan fina que parece justamente azúcar. Sin duda, uno de los paisajes más hermosos de esa travesía.
“El kite envicia; aunque estés cansado o con hambre quieres seguir”, me dice Ken Ruiz, joven cartagenero que trabaja como instructor de este deporte que poco a poco gana más adeptos. Ruiz vive de enseñar el kitesurfing en cualquier parte del país donde confluyan aguas serenas y vientos potentes, desde Puerto Colombia, cerca de Barranquilla, hasta el lago Calima, cerca de Cali, que junto con Cartagena son dos centros importantes de este deporte en Colombia. Para él, que lleva tres años en los que no pasa una semana completa sin que se haya amarrado a una cometa, no hay duda de que “El Cabo de la Vela es el mejor spot en Colombia. El mar es plano, muy poco profundo y siempre ventea parejo”, explica.
En efecto, La Guajira es una verdadera mina de viento. No en vano, a tan sólo media hora en camioneta de donde Ruiz y otros deportistas vuelan con sus cometas, está el único parque de energía eólico de Colombia. Se trata de Jepírachi, un proyecto de Empresas Públicas de Medellín que es, en sí mismo, un
espectáculo inusual: a lo largo de varios kilómetros quince turbinas gigantes son movidas por hélices de 30 metros que giran sin cesar, día y noche. Las turbinas y sus aspas de un blanco inmaculado parecen ringletes gigantes clavados en medio del desierto.

Así es el “kite”

Elaboradas en materiales ultralivianos que a la vez soportan altas presiones, las cometas para kitesurf pueden llegar a medir hasta cinco metros. En su interior tienen una especie de red de venas internas que son infladas antes de tomar vuelo. Esta estructura de aire les da su forma ovalada sin necesidad de esqueletos quebradizos o pesados y también permite que al caer al mar, la cometa flote y pueda retomar el vuelo.
La fuerza que puede ejercer el viento sobre la cometa es tan potente que sería difícil sostenerla por mucho tiempo con los brazos. Por eso, se ensarta en un arnés amarrado a la cintura del deportista. Los brazos van estirados y las manos sujetan una especie de barra de trapecista que funciona como un timón de barco: al inclinar la barra a un lado, la cometa gira al lado opuesto.
Hoy en día parte de la destreza en este deporte radica no sólo en dejarse jalar por el viento sino también en elevarse hasta 20 metros como lo logran hacer los mejores kitesurfistas y efectuar piruetas en el aire bautizadas como kite-loop, handel-pass o blind, entre otras, que consisten en dar botes, girar, y cambiar de manos antes de volver a posarse suavemente en el agua.
Otro elemento fundamental de este deporte es la tabla. Si bien pueden utilizarse las convencionales de esquí o surf con amarras para los pies, el deporte ha ido creando una identidad aparte y ya hay tablas hechas específicamente para él. Uno de sus fabricantes es el sanandresano Harold Granados, de 33 años, quien en junio pasado estuvo en Thallinn, Estonia, para diseñar y corregir su segunda colección Cogua Calima de 300 tablas que se lanzaron en agosto en Barcelona y Tarifa, importantes núcleos para la práctica de este deporte en Europa. Uno de los prototipos de la nueva línea que “Cogua”, como le dicen a Granados, presentará en 2011, fue puesto a prueba en el pasado torneo del Cabo de la Vela.

Un poco de historia

Aunque el kitesurf es un deporte reciente, sus orígenes se remontan a la Edad Media cuando los chinos empezaron a utilizar las cometas para jalar barcas en lagos y mares ya que permitían engancharse a los vientos más altos, por lo general más constantes y más fuertes.
En 1825 George Pocock, un profesor de colegio de Bristol, Inglaterra, después de varios experimentos concluyó que las cometas podían levantar personas y amarró a una de ellas a su hija Martha quien se elevó por los aires casi cien metros y regresó a tierra sin raspones. Alentado por este éxito, un año después patentó
el “Charvolant” (carruaje volador, en francés) el cual, propulsado por dos inmensas cometas atadas por un cordel de casi medio kilómetro, movía el carro con varios pasajeros a una velocidad de 32 km por hora. Hoy, inspirados en esa idea, son comunes los “buggies” para el desierto halados por cometas, y son numerosas las competencias que se realizan con este tipo de carros.
Por su parte el kitesurfing -como lo conocemos hoy- despegó a comienzos de los años ochenta cuando se empezaron a fabricar las primeras cometas flotantes que permitían iniciar el vuelo desde el agua, y se crearon tablas y arneses especiales. Hoy cuenta con federaciones internacionales y con torneos profesionales a lo largo de todo el año en cualquier lugar del mundo donde soplen buenos vientos, desde los desiertos de Essaouira en Marruecos hasta las rocosas playas de Cerdeña en Italia.
Y ya sea allá o acá, nadie debería privarse de practicar al menos una vez el kitesurf, la apasionante experiencia de deslizarse solo sobre la inmensidad del mar arrastrado por la fuerza del viento.
Una conjugación perfecta de dos verbos plenos de sensaciones: navegar y volar.

Un equipo básico de kite puede costar entre tres millones y cuatro millones de pesos, mientras que uno profesional casi roza los seis millones. Antes de saltar al agua se debe tomar un curso de diez horas en tierra que cuesta 600.000 pesos. Sin embargo, después de la inversión inicial no hay más gastos. No hay que invertir en gasolina, técnicos, ni repuestos costosos. ¡El viento lo lleva gratis! En cuanto a la indumentaria, en climas cálidos basta con un vestido de baño y una camiseta para evitar quemaduras por la prolongada exposición al sol. En lagos y aguas frías es indispensable contar con un traje de neopreno (wetsuit) para mantener estable la temperatura del cuerpo.

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