Aventura

El placer del vuelo libre

Desde el alto de Matasanos, jurisdicción del municipio antioqueño de Barbosa, a bordo de un ala delta es posible sobrevolar la tierra como los pájaros. Un acto anhelado por el hombre desde tiempos inmemorables.

No hay duda de que la idea de volar hace parte del imaginario de todos los vivientes. Pero este placer, presente en los sueños de muchos, solo forma parte de la experiencia de pocos.
Aproximadamente una hora se requiere para alcanzar el famoso “Voladero de Cometas”, incrustado en el alto de Matasanos, a 2.100 metros de altura sobre el nivel del mar, en el municipio de Barbosa, distante 23 kilómetros de Medellín.
Difícil pensar que Jerónimo Luis Téjelo, enviado por el mariscal español Jorge Robledo en un lejano 1541, hubiera podido imaginar que, siglos más tarde, aquella pequeña fracción de tierras llanas que descubrió en medio de un abrupto valle, llegaría a contemplar una serie de intrépidos hombres que emularían a los pájaros desafiando las leyes naturales.
Tampoco que la camada de compatriotas suyos que se asentaron por esos lares en busca de tierra fértil y campo abierto para sus ganados, pensaran que algún día su cielo sería sobrevolado por individuos dotados de alas artificiales, girando libremente en el aire o flotando como pequeños dientes de león cuando son soplados por los niños curiosos y los jóvenes enamorados…
A medida que la temperatura baja y ascendemos paulatinamente rodeando las empinadas laderas de la montaña, nos acompaña una inquietante sensación de vértigo al vislumbrar, a tan sólo un par de metros de la carretera, el acantilado.

Ya quedó atrás el esmog y el ruido propio de la ciudad; el aire es ligero, la neblina divisada a lo lejos es ahora una caricia discreta, mientras que el vuelo agraciado de los gavilanes, que parecen estar suspendidos con un hilo invisible a la merced de las corrientes de aire, nos genera una primera expectativa.

Comienza la aventura

Ya en el voladero, el término cometa adquiere una nueva significación. Aquellas livianas, hechas con madera, que solíamos levantar en al aire luego de repetidos intentos, en los meses de agosto, dan paso a un alerón de 12 metros de envergadura, de forma triangular y apoyado en dos discretas ruedas. Un ala, el secreto de las aves al servicio de la ambición del hombre. Fue necesario saber de física, aerodinámica, diseño e ingeniería para concebir un implemento artificial como este, que nos acerca al vivir diario de esas criaturas.
Pero no, no hay tiempo para el asombro. En ese instante te das cuenta de que estás a más de dos mil metros de altura, al borde del inmenso acantilado. El frío de montaña eriza tu piel mientras divisas, algunos cientos de metros más abajo, la carretera transitada hace pocos minutos. La inmensidad del valle te recuerda de una bofetada quién eres y el atrevido acto que estás por realizar.

Es cierto, no hay espacio para la contemplación maravillada. El tiempo apremia y el viento es una dama de voluble carácter, sus cambiantes brisas son agresivas contradicciones. Se necesita de su plena aprobación para emprender vuelo, su consentimiento, su agrado y buena voluntad. Ella es la cruz a la cual se encomiendan todos aquellos que deciden surcar el cielo. Un saludo protocolario e inmediatamente nuestro instructor Juan Fernando Arango nos pone al tanto de las precauciones básicas: la posición ideal de vuelo, dónde deben ir los brazos, y lo más importante y decisivo, la plena confianza en un vuelo tranquilo.

Arnés asegurado al planeador, casco en su lugar y un ligero temblor en las rodillas son la cuota para revisar. Pero antes, un poco de paciencia, el viento está en contra y desafiar su inestable humor no es prudente. Luego de un par de mediciones que nunca sobran, la brisa está al fin a nuestro favor. Tres pasos son lo único que se necesita para que nuestra ala delta pase por alto sus escasos treinta kilos de peso y se adentre en el cielo del paisaje antioqueño.
Un fugaz momento transcurre entre la decisión de dar un paso al impactante vacío, que el arnés te hale hasta la posición horizontal final, y que la clara certeza de haber despegado invada todos los sentidos.
“¡Mirada hacia el frente!”, es la primera instrucción. Hacer caso omiso de los más de mil metros de profundidad que se abren a tus pies no resulta fácil, sin mencionar que los 206 kilómetros cuadrados del municipio de Barbosa, el cual es posible divisar al otro lado del río, caben en un guiño del ojo.

En el aire

La libertad es un concepto atado a condiciones legales y a lecciones históricas de quinto de primaria; pero en el aire entendemos su total connotación. Una vez los pies se han desprendido del suelo, un inexplicable sentimiento de realización corre por todo el cuerpo y se manifiesta en un intenso grito de victoria.
En el papel, veinte minutos de vuelo parecen una eternidad. En la práctica, son tan sólo instantes de continuo asombro. Lo más peculiar de atreverse a volar en ala delta, es que rompe con el prejuicio inicial de vértigo, peligro y adrenalina. A esto lo reemplaza una inigualable descarga de paz y plenitud, la materialización de sentirse un gavilán suspendido en el aire, coqueteando con la brisa que acaricia las montañas.
Cada vez nos alejamos más de Matasanos, alcanzando una altura máxima de 1.500 metros. A nuestra mano derecha se alcanzan a identificar las inmediaciones del área metropolitana; en dirección opuesta, cómo el valle de Aburrá cierra su vientre hasta convertirse en el cañón que traza el cauce del río Porce; bajo nosotros, el municipio de Barbosa en todo su esplendor, su iglesia principal y los transeúntes que ignoran nuestra acrobacia sobre ellos.

El ritmo cardiaco aumenta al realizar unos giros bastante cerrados. Nuestra cometa asemeja el acto de un buitre acechando desde las alturas. Logramos experimentar considerables fuerzas G, similares a las que acontecen en las montañas rusas más extravagantes. Juan Fernando logra ubicar el sitio de aterrizaje, mide el viento y espera la oportunidad perfecta para iniciar el descenso, no sin antes cruzarnos con una ligera corriente de aire caliente que nos proporciona un último impulso de altitud. Ruedas al frente, rodillas flexionadas, nos deslizamos aproximadamente veinte metros sobre nuestros torsos hasta que la fricción con el suelo nos detiene suavemente: aterrizaje perfecto. Un profundo suspiro sale sin control. Al voltear la mirada se encuentra la imponente montaña de la cual despegamos minutos antes. Un acto emprendido con humildad que termina con un matiz heroico.

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