Por: Joan Rojas
Al vivir en una ciudad con un crecimiento desenfrenado como Bogotá, olvidamos que esos linderos verdes, esas sabanas y cerros cercanos proporcionan elementos vitales para el desarrollo sostenible urbano. Tal puede ser la indiferencia o la falta de sensibilidad hacia nuestro entorno natural, que muchos habitantes citadinos desconocen realmente cuál es la verdadera vegetación local, cuál es la identidad de su flora y fauna. Pero nunca es tarde para descubrirlo y la labor resulta muy gratificante.
No hay que esperar a tener largas vacaciones ni ir muy lejos para disfrutar de la naturaleza, en este caso para visitar el paisaje andino. Partiendo de Bogotá por la vía a La Calera-Sopó bastan aproximadamente veinte minutos de recorrido en auto o transporte público para llegar al municipio de Guasca que alberga la Reserva biológica del Encenillo, ubicada en el sector de Pueblo Viejo.
Otra opción, un tanto más interesante y ecológica, es hacer este recorrido en bicicleta. No se necesita gran estado físico y llevando un ritmo moderado se puede lograr un buen paseo.
Después de pasar La Calera se debe tomar la carretera a Guasca y transcurridos 200 metros, en el sitio El Salitre, el desvío hacia la vereda La Trinidad. Desde allí la carretera es destapada pero en buen estado, los cinco kilómetros que faltan para llegar a la reserva están señalizados y son un abrebocas de lo que depara Encenillo.
El nombre de la reserva devela su propósito: preservar los bosques de Encenillo, esos árboles de montaña originarios de los Andes colombianos. De ellos hay gran variedad de especies (principalmente Weinmannia tomentosa) que a su vez son el hábitat de insectos, aves y mamíferos.
El terreno de la reserva es de 195 hectáreas de las cuales el bosque natural ocupa 135 que se ubican a 2.800 y 3.200 metros, altura en la que subsisten los últimos esbozos de bosque andino primario de la cordillera Oriental. En este sentido, Encenillo es un esfuerzo por preservar un ecosistema en vías de extinción.
Pero toda el área de conservación es un santuario de especies. Además de los encenillos, la flora nativa está representada por bromelias, musgos, líquenes, frailejones y orquídeas de las cuales hay cerca de 50 especies reportadas.
En cuanto a la fauna, si bien las protagonistas indiscutibles son las 73 especies de aves de las cuales dos son endémicas (Ericnemis cupreoventris y Synallaxis subpudica), Encenillo también es hábitat de mamíferos como armadillos, roedores, cusumbos (Nasuella nasua), que son la imagen representativa del parque, así como de invertebrados como los colembolos, cucarachas, escarabajos, milpiés y ciempiés.
Al llegar, lo primero que hay que hacer es solicitar información en el centro de visitantes. Allí ofrecen datos claves para organizar las diferentes actividades y brindan información sobre hospedaje y camping. Para quienes quieren acampar hay una zona especial y quienes quieran algo más confortable pueden pernoctar en una cabaña muy acogedora, dotada con todo lo necesario (electricidad, nevera, baños e incluso estufa de leña), y estratégicamente ubicada para ver salir el sol desde una posición privilegiada.
Para disfrutar de esta gran fuente de oxígeno y aire puro se puede hacer una visita guiada o aventurarse a explorar por cuenta propia los caminos de la reserva siguiendo la señalización. Los senderos El cusumbo (2.900 metros), El Colibrí y Las Orquídeas están interconectados entre sí, y cada uno cuenta con algo especial que ofrecer, pero todos tienen en común las paredes naturales como esponjas donde el agua brota y corre libre sobre las ramas, se desliza por las hojas y se une para formar corrientes que alimentan fuentes más caudalosas.
Además de los higuerones, chusques, guayacanes y por supuesto encenillos que le dan identidad a este bosque andino, paso a paso aparecen otros protagonistas como helechos (palma boba) y los frondosos e interminables tapetes de musgo.
Siguiendo el sendero El Colibrí y después de cruzar algunas praderas en proceso de reforestación, una bandera blanca ondeante indica la ubicación del mirador a 3.200 metros sobre el nivel del mar. Desde allí, con una brisa fría que aumenta la sensación de inmensidad, se observan los matices de los bosques de encenillos, el embalse de San Rafael y el de Tominé, también el gran cerro Pionono donde los vientos desprenden las hojas de los árboles y por último el valle de Guasca. En resumen, una visión privilegiada de 360 grados.
En dirección opuesta a esos senderos se encuentra el de El Horno, que recibe su nombre por uno muy viejo, de cal, de principios de siglo XX, ahora solo habitado por chimbilás murciélagos). Este sendero, muy suave y relajado, termina en el sistema de rieles que transportaba el material para alimentar el antiguo horno.
El Parque Natural Encenillo es un destino de aventura ecológica, de observación, por eso no se requiere un gran estado físico y los riesgos que existen son mínimos.
Según el ánimo, los intereses y las capacidades físicas de cada visitante, es posible emprender diferentes actividades. Por ejemplo, para los entusiastas del avistamiento de aves, sin importar el grado de experiencia que tengan, esta reserva ofrece las condiciones ideales y una gran variedad de especies. La madrugada es una fiesta protagonizada por coloridos emplumados que se encargan de crear una sinfonía épica. Con paciencia y mucho ánimo los senderos van presentando su mejor desfile de aves, y si la paciencia y la exploración son
exhaustivas, algunas especies de ranas arbóreas o incluso un cusumbo pueden aparecer de repente.
Encenillo es para disfrutarlo, para tomar otro aire, para poner literalmente los pies en la tierra. No importa si se llega en carro, cuatrimoto o bicicleta, si va a acampar o simplemente a pasar el día explorando y observando, el compromiso es el mismo, vivir el verde de este espacio natural y no olvidar que se trata de un sitio para respirar, para reflexionar, un destino para vivir una aventura en familia y reforzar ese vínculo con la tierra que, para los niños, cada vez es más difícil.
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