Aventura

Explorando los ríos del alto Orinoco

Por: Gustavo Sánchez Romero


El cansancio inyecta dosis de plomo en nuestros párpados. Y es que hemos hecho un largo vuelo trasatlántico desde Europa y uno nacional de más de una hora. Pero ya se ve la selva de Inírida, capital del departamento de Guainía. Lo que nos espera ahora son varios días de periplo fluvial para tratar de descubrir algunas desconocidas especies de peces que existen en la inmensa cuenca hidrográfica amazónica.

Unas doce horas de viaje desde Europa hasta Bogotá y luego otro vuelo de más de sesenta minutos desde la capital colombiana es lo que hemos debido afrontar para llegar a Inírida, una de las regiones más hermosas del planeta, donde el poderoso río Atabapo hace de frontera natural, a lo largo de más de 500 km, entre las naciones hermanas de Colombia y Venezuela.
Creado en 1963, Inírida constituye punto de partida para recorrer, por río, todos los rincones del departamento de Guainía. No es para menos, pues su ubicación se considera privilegiada: se encuentra en la confluencia del Guaviare y el Inírida, dos ríos de aguas blancas que al juntarse con el negro Atabapo refuerzan al ya caudaloso Orinoco que viene bajando desde el Amazonas venezolano buscando las cálidas costas del delta que lleva su nombre, donde vierte sus aguas al Atlántico.
Y es precisamente en las cuencas del río Inírida y el Guaviare, así como en las zonas fronterizas entre Colombia, Venezuela y Brasil donde se distribuyen los seis mil habitantes de Inírida, habitada desde siempre por comunidades indígenas como la de los puinaves, etnia predominante.
Agricultores, pescadores y cazadores, los puinaves saben que la vida en la selva y los ríos de Colombia es dura. La pesca, por ejemplo, la llevan a cabo con arpones y flechas durante el período de aguas bajas, y con redes y chinchorros trasversales en invierno, cuando el nivel del río ha subido unos 8-9 metros.
Nosotros, por nuestra parte, contamos con un equipo compuesto por redes de mano y salabres, redes de agalla lastradas provistas de boyas, atarrayas y chinchorros para comenzar este viaje científico.

Todo tiene su ciencia

Heiko Bleher es el máximo responsable de Aquapress Bleher, una editorial especializada en publicaciones sobre fauna acuática e ictiología. Para este alemán, que ha estudiado los peces de los ríos del planeta durante más de cincuenta años, el asunto es claro: los ecosistemas de agua dulce albergan una cantidad mucho mayor de especies que los marinos, incluyendo el dominio oceánico de aguas abiertas. La razón es sencilla: los sistemas fluviales de agua dulce ofrecen una mayor variedad de biotopos (hábitats) en relación con los del medio marino, donde solo los amenazados y laberínticos arrecifes coralinos presentan mayores posibilidades para la formación de nuevas especies.
Nuestra misión es encontrar especies desconocidas y describir científicamente algunas ya detectadas. Para lograrlo, todos los especímenes recolectados serán fotografiados in situ, vivos, usando un pequeño acuario portátil. Tan solo unos pocos ejemplares serán preservados en formol para su posterior estudio.
El agua de los hábitats explorados va a ser también cuidadosamente analizada, midiendo el pH, la conductividad, la dureza, el oxígeno disuelto, la temperatura (en ºC) y el grado de turbidez.
Finalmente, las descripciones científicas de dichas especies, o de cualquier otra nueva, serán publicadas en la revista científica Aqua, International Journal of Ichthyology, editada y supervisada por la mencionada editorial Aquapress Bleher.

Ríos de peces

Al contrario de los ecosistemas marinos, en el agua dulce encontramos desde aguas lóticas (aquellas que corren continuamente en una misma dirección) y profundas en grandes cauces, pasando por planicies inundables de selva muy lluviosa donde el bosque tropical queda anegado por las subidas de los ríos, rápidos, cataratas y saltos de aguas muy vivas; playas y ensenadas de arena; lagunas; reservorios de desborde y gigantescos lagos que en el Amazonas, por ejemplo, forman conjuntos lacustres de más de 3,000 km2; marismas y zonas pantanosas de aguas lénticas o estancadas; pequeños arroyos selváticos donde el agua solo fluye durante la estación de lluvias (todo un reto para las especies presentes allí); ríos de aguas blancas (turbias, muy sedimentados); de aguas negras (muy ácidos, donde apenas hay mosquitos); o claras (completamente transparentes), cada cual con parámetros en la química de su agua bien distinta; tramos fluviales rocosos, lodosos, con vegetación sumergida, o no; aguas saturadas de madera y teñidas con sus taninos; someras pozas selváticas tamizadas de hojas que caen de los omnipresentes árboles; “profundos agujeros fluviales” de varios centenares de metros… La lista resulta interminable, así como las especies de peces presentes allí. Para ilustrar esta idea lo mejor es un ejemplo bastante gráfico: el río Negro, un solo afluente de la inmensa cuenca hidrográfica amazónica (donde cabrían los Estados Unidos de América al completo en su interior), alberga más especies de peces que todas las presentes en los ríos de Europa. Setecientos en el Negro vs. las aproximadamente 350 especies europeas, y unas 600 en el caso de Norteamérica.

Empiezan los hallazgos

Los ecosistemas más aptos para encontrar nuevas especies suelen ser los más insospechados, por ejemplo pequeños cauces selváticos de periodicidad variable. También los cursos de aguas secundarias, lejos del brazo principal, probablemente deparen agradables sorpresas al investigador que esté dispuesto a adentrarse entre sus lianas y densas ramas. Aquí es posible encontrar nuevos carácidos, el gran grupo que engloba desde pirañas hasta neones, los simpáticos habitantes bicolores de nuestros acuarios, popularmente conocidos como tetras.
En zonas rápidas de fondos rocosos hallamos las cuchas, peces gato pertenecientes a la familia de los Loricáridos, que cuenta con más de 800 especies descritas y con más de 500 aún por documentar científicamente. Estos peces son los popularmente conocidos “plecos”, que suelen limpiar de algas los cristales de los tanques de millones de acuarios en todo el mundo. En ríos de aguas blancas los loricáridos suelen estar casi siempre asociados a bancos ribereños de lodo blando, donde cavan huecos de hasta 40 cm de profundidad. Cuando el nivel de las aguas desciende podemos ver fácilmente las redondeadas entradas de dichas construcciones fluviales en cuyo interior suele darse la reproducción y la cría de los alevines. El padre, que normalmente cuida la prole, suele posicionarse a la entrada bloqueando con sus reforzadas placas el extraño “nido” subacuático. De esta manera protege a sus crías, que tienen la oportunidad de crecer unos centímetros antes de adentrarse en la enmarañada y peligrosa red de afluentes y canales principales donde acechan todo tipo de depredadores.
Uno de ellos, el pez cuchillo (Rhamphichthys spp.) está especializado en “aspirar” peces gato. De noche patrulla incesantemente, casi siempre cabeza abajo, su alargado hocico atento a cualquier movimiento. Si algún pez alarmado por los sinuosos movimientos se mueve, será engullido en cuestión de segundos. Su especial anatomía, alargada y comprimida y de más de un metro de longitud, lo convierten en una auténtica “aspiradora” viviente de loricáridos. Un pariente de ese letal cuchillo depredador es el denominado pez cuchillo de cristal (Gymnorhamphichthys), que solo llega a medir unos 15 cm y es un experto del camuflaje. Se entierra de manera vertiginosa en la fina arena, donde se dedica a filtrar, mediante su también apuntado morro, microorganismos del lecho arenoso.
Llegamos ahora al canal principal, donde los pescadores tienden rutinariamente sus redes, y por tanto suele ser un medio mucho más intervenido en el cual resulta más difícil hallar algo nuevo. No obstante, las especies presentes allí son también espectaculares. La variedad de depredadores, cuál más voraz, va desde siluros de amplísimas bocas, diseñadas para tragar todo a su paso, como el pez gato nariz de pala (Pseudoplatystoma spp.) o el gigantesco valentón (Brachyplatystoma filamentosum), hasta carroñeros de apetito insaciable como la guabina (Hoplias malabaricus), pasando por esprínteres y grandes velocistas, maestros de la persecución y la emboscada, como los mataguaro (Crenicichla sp.), el todopoderoso pavón (Cichla sp.), que es el cíclido más grande del mundo, la payara (Hydrolycus scomberoides) con sus increíbles dientes a lo Drácula, el dorado (Salminus hilari) un cuasi salmón tropical, o el cara ’e perro (Acestrorthynchus sp.), una suerte de barracuda de agua dulce de prominente dentición.
Los hallazgos han sido múltiples. Ya lejos de este exótico entorno, el trabajo para realizar será describir científicamente dichas especies, o las nuevas, para que sean publicadas en la revista científica. Sin duda, el periplo ha valido la pena.

Punto de encuentro y de partida para cualquier travesía por la región, Inírida cuenta en su casco urbano con una infraestructura hotelera sencilla, pero con los servicios básicos de hospedaje en condiciones limpias y cómodas.
Hotel Toninas: 098-5656027
Safari: 098-5656016-048
Orinoco Real: 098-5656046
Ecohotel Manaka: (098) 5656789
Es relevante encontrar asesoría para emprender cualquier tipo de expedición, sea de pesca, de exploración, deportiva o de simple observación. Un buen guía que conozca la región, las redes fluviales y que respete las comunidades Indígenas (curripacos, puinaves, guahíbos, piaroas y macúes) que controlan el paso por muchos lugares de acceso es la mejor opción.

Alimentación

Dos recetas nativas que vale la pena probar son el ajicero, una sopa de pescado con ají, y el moquiado, que es el pescado asado en hojas de palma. Las especies más usadas en este proceso son el bocón y la payara por su exquisito sabor, pero son varios los pescados que se preparan de esa manera.
Con la yuca brava, que debe ser sometida a un proceso para extraerle el veneno, los nativos elaboran el casabe, una especie de arepa con la que complementan su dieta alimentaria.

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