Aventura

Karts, una pasión desenfrenada

Por: Carlos Barahona Uribe


Soy un manojo de nervios, las manos me tiemblan y ni siquiera me he subido al kart. Sé que no resulta difícil. He manejado karts antes, sin embargo, en esta oportunidad es distinto, pues ahora no estoy con un grupo de amigos que solo quieren divertirse y demostrar quién es el más rápido de Bogotá. Esta vez no es así, y temo, temo por mi orgullo que será minimizado sin piedad.
A lo lejos veo a mi contrincante. Es joven, no sobrepasa los veinte años, y arrastra dos maletas en las que, estoy seguro, lleva el equipo necesario para demostrar quién es el novato y quién el experto.
Al tenderme la mano se presenta, – ¿Qué tal?, soy Martín Sala–. Apenas se acercaba recordé de inmediato las noticias de la joven promesa del automovilismo colombiano.
Teniéndolo a tres metros, pensaba que ya no era una promesa de este deporte, sino una realidad. Me vinieron a la cabeza las imágenes de un niño que a los seis años destrozaba los tiempos de otros pilotos y las noticias de diferentes medios hablando de un joven que brillaba en los Estados Unidos en la fórmula BMW Américas en los equipos BMW y luego Mazda. En definitiva, el único que necesitaba presentarse era yo, y debía aceptar humildemente que no estaba allí para retar a Martín, sino para aprender de él.
Clases magistrales Irónicamente, quien nos viera de lejos bien podría decir que el entrenador era yo y Martín mi estudiante. La realidad, sin embargo, era otra. A pesar de ufanarme de haber montado mucho en karts con mis amigos cada fin de semana, no soy más que un novato.
Martín, por su parte, el 22 de junio va a iniciarse en la Fórmula 3 European Open en el circuito de Spa en Bélgica. Con tan solo veinte años, él sí sabe lo que es presión y ha tenido más experiencias extremas que muchos que lo doblan en edad. Con el ceño fruncido, me comenta que en un accidente en karts tuvo una grave lesión de hombro, la cual lo obligó a operarse en el 2010. Luego me remata diciendo que se estrelló a 250 km por hora contra un muro y que aquella vez quedó inconsciente por cinco minutos. Afortunadamente los autos de alta competición de la actualidad están diseñados para la protección del piloto. A lo mejor en otra época no hubiera tenido tanta suerte.
A pesar de vivir la vida a más de 200 km por hora en cada carrera, Martín es tranquilo, sereno y nada acelerado al hablar.
Con calma va contando la cantidad de responsabilidades y retos que tiene que asumir a diario en un país donde el fútbol le quita el protagonismo a deportes como el automovilismo, su gran pasión a pesar de que muchas veces en Colombia no se le tienda la mano a un talento como el suyo.
Ojala más empresas patrocinaran deportes como el automovilismo en nuestro país y entendieran que no solo el fútbol mueve masas. Después de conocer a Martín, se aprende que hay talentos que necesitan ser impulsados para que en el futuro no tengamos que quejarnos de que en Colombia solo se habla de un deporte.
Junto a Martín recordé la importancia de ser multifuncional. Y es que en apenas unas vueltas que corrí junto a él (o que al menos intenté ir junto a él) pude aprender que hay que hacer de todo para salir adelante en lo que a uno lo apasiona. Basta decir que es él quien prácticamente maneja el campeonato de Easy Kart Colombia, en el que cada carrera es un reto logístico y que además está preparando la creación de una fundación para apoyar a las viejas glorias del deporte colombiano, pues como él mismo lo dice “uno no sabe dónde va a terminar el día de mañana”. Para complementar su apretada agenda, cada día le dedica tres horas al gimnasio y entre la búsqueda de nuevos patrocinadores y compromisos comerciales, encuentra tiempo para la diversión y la rumba.
Realmente es admirable una persona que a los veinte años piensa en ayudar a los demás y no renuncia a llegar hasta donde quiere.

La hora de la verdad

Mi pulso había bajado, estaba tranquilo pues por un momento me perdí entre las historias de Martín y olvidé por completo que venía a correr con él. Mientras se comienza a cambiar a su traje de carreras, me comenta que la temporada en la Fórmula 3 European Tour cuesta 400.000 euros, una cifra que sin duda requiere patrocinadores que crean en él. Respiro un poco tranquilo al ver que se abotona una camisa de la marca francesa de aceites Motul, un apoyo como caído del cielo.
Una vez nos acercamos a los karts, Martín me explica que hay que mirar las llantas. Según él, se deben buscar unos pequeños huecos en las ruedas, mientras más profundos, más goma tiene y mejor es el desempeño del kart.
El número 11 me espera. Por obvias razones dejo que él coja el marcado con el número 1, y con el casco y los guantes puestos (prestados por él) arranqué. Aceleré a fondo, sin tapujos, queriendo demostrar que yo no era tan malo como parecía, y mientras yo creía eso, seguramente él pensaba que si las cosas le salen bien, en cuatro años podría estar en la Fórmula 1, el sueño de todo piloto. Yo rápidamente volví a la realidad: en menos de media vuelta me pasó y después de eso fue como el viento. No lo volví a ver.
Cada chicana era emocionante, yo iba en mi carrera, intentando recortarle algo de distancia al talentoso rayo rojo (color de su overol) que iba delante de mí. Sin embargo, mis esfuerzos fueron en vano, pues Martín no solo es mejor y más rápido que yo, sino también más liviano. Al terminar la quinta vuelta a su lado, o al menos intentando seguirle el rastro, decidí que lo mejor era pedirle consejos. Así supe que el peso del conductor es vital para la velocidad del kart. Opté entonces por decirle que yo lo iba a seguir y que me mostrara cada movimiento para dominar la pista. Después de algunos giros fue fácil entender el porqué del amor de Martín por los carros: la sensación de acelerar a fondo no tiene comparación.
Martín se detuvo. Sencillo y amable me dijo que me guiaría desde afuera. Continué dando algunas vueltas en la pista, pero esta vez no giraba en las curvas de manera torpe, pues me enseñó que son golpes al timón en un momento determinado los que hacen la diferencia entre tomar una curva bien o no.
Subí por los pianos, me abrí cuando fue necesario y calqué los movimientos que me mostró tras su rápida estela.
Ahora mis manos vuelven a temblar, el sudor se hace presente, no soy un manojo de nervios, pero sí soy un corredor cansado, las rápidas curvas, la emoción y la adrenalina hicieron efecto en un cuerpo que no está preparado para el ritmo de un deporte como este. Me detengo ante la mirada atenta de Martín quien me enseñó los trucos de la pista, o al menos los suficientes para querer regresar en cada oportunidad posible a pulverizar con mi desempeño a mis amigos.
Martín se ha cambiado, está listo para continuar con su día. Antes de irse me comenta que estará yendo y viniendo para no desatender sus compromisos en Colombia. Muchos ya saben que él es uno de los responsables de las famosas carreras de karts que se celebran en Cartagena a principios de noviembre y que este año tendrá más corredores y sorpresas, como por ejemplo el salto en moto de la muralla por parte de su gran amigo el motociclista Sebastián Tatan Mejía.
Después de una aventura como esta me queda un sabor agridulce. Es grato confirmar que montar en karts es un escape increíble del estrés del diario vivir, que es bueno aprovechar la vida para acelerar a fondo y no pensar en nada, para cambiar los planes de siempre y dejar un poco la rumba y volverse un poco más adicto a deportes como este. Pero también entiendo que pasará un buen rato para que pueda volver a recibir una lección de un profesional como Martín Sala. Sin embargo, seguiré practicando y cuando él esté en la Fórmula 1, podré decir con orgullo que un corredor de la máxima categoría fue el que me inspiró para desafiar a bordo de un kart, la velocidad del viento.
Agradecimientos: Martín Sala y Xtreme Karts Indoor Bogotá.

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