Una agradable, típica y fría madrugada dominical despierta a Bogotá, mientras yo me pregunto: ¿Por qué he de volver a buscar una aventura frenética sobre un río furioso después de una angustiosa lucha a muerte que tuve en aguas antioqueñas unos meses atrás? La curiosidad por el Neumating me brinda la respuesta y no necesito más para sentirme listo para volver a desafiar el agua.
Tan solo treinta minutos de vuelo y el frío capitalino se queda atrás, dando paso a la brisa cálida del Valle del Cauca y su aroma cautivador que motiva mi misión: encontrar un lugar llamado la “Maloca de los vientos” en el municipio El Cerrito, punto de convergencia de quien busca deportes de aventura en la región.
Ya en el aeropuerto internacional Alfonso Bonilla Aragón, de Palmira, tengo una vaga idea de la ubicación de mi destino. Pidiendo indicaciones –método infalible para orientarse en este país donde abunda la gente amable–, las opciones se reducen a esperar un bus que pasa cada quince minutos o tomar un taxi hasta la vía que conduce a Santa Helena, donde se debe tomar otro taxi o, ¿por qué no?, una moto-taxi. En el camino observo que las carreteras del Valle son admirables en cuanto a eficiencia y si a esto sumamos el exuberante paisaje, enmarcado en cañaduzales que bailan con el viento y ceibas verdes, que como gigantes místicos aparecen constantemente, la visión es inolvidable. A unos diez minutos de camino, en el kilómetro 6, se encuentra El Paraíso, y allí un lugar de cabañas blancas con parales de madera y jardines coloridos, sitio de alojamiento y conexión con la ansiada “Maloca de los vientos” desde donde se puede apreciar en toda su inmensidad el Valle en pleno. Sus cañaduzales y demás cultivos forman una alfombra colosal, y un aire fresco, con un aroma especial, circula a esta altura. En sus dos pisos la Maloca alberga a los visitantes que en calidad de observadores disfrutan la gastronomía típica, mientras los más arriesgados están suspendidos por el entramado de canopy que se pierde en la inmensidad de la ladera. Ese deporte y otros como cannyoning, parapente, rappel, así como otras actividades sobre cuerdas (y salidas al lago Calima) se coordinan desde la Maloca junto con paseos, salidas al lago Calima y visitas a museos cercanos.
¿Quién no ha visto en cualquier región del país a los niños deslizándose por los ríos u otras fuentes hídricas en grandes neumáticos inflados? Esta práctica no es ajena para nadie, así que cuando la propuesta es hacer Neumating, difícilmente se entiende qué diferencia a este deporte de aquella popular diversión. Pues resulta que Neumating no es nada más que la sofisticación de esa práctica coloquial, agregando elementos que le aportan seguridad y desempeño. En este caso, los inflables incluyen agarraderas ergonómicas y están recubiertos de lona resistente para poder sortear mejor los obstáculos naturales de los ríos; y como en cualquier deporte acuático, es indispensable portar casco y chaleco salvavidas. Eso sí, lo que pueda pasar en el recorrido es incierto aún. Al despertar nos encontramos con un día radiante con olor a caña y naturaleza, ideal para refrescarse en el río Amaime. Los guías nos aguardan en una camioneta repleta de ruedas de colores que son nuestro transporte acuático. Las recomendaciones son básicas: llevar ropa para cambiarse y buena actitud.
Otra faceta del extenso Valle aparece al costado de la carretera, mientras buscamos la parte alta del río. El objetivo es encontrar la hidroeléctrica de Amaime (que por cierto recibió de las Naciones Unidas la certificación como Mecanismo de Desarrollo Limpio [MDL]). Ya en el lugar se asigna a cada persona un neumático y un equipo de seguridad compuesto de casco y chaleco salvavidas. Desfilamos por la orilla del río llevando sobre la cabeza los inflables que nos deslizarán sobre la corriente. Parecemos hormiguitas transportando hojas. Una vez en el punto de partida nos imparten una charla técnica con el fin de que aprovechemos al máximo el recorrido y hagamos eficiente la flotabilidad. Para lo demás no hay una técnica específica de navegación.
Todos a bordo, cada cual en su neumático, nos tomamos las manos para no distanciarnos a causa de la corriente mientras el mentor del trayecto nos sostiene en el último eslabón de la cadena. “¿Estamos listos?”, pregunta y se sube en su neumático.
Así, partimos encadenados durante unos cuantos metros, para después soltarnos y rápidamente ser entes independientes, libres para transitar el río. No pasa mucho tiempo cuando el primer rápido, que no lo es tanto, aparece. Me da un tumbo de casi 360 grados y aunque no deja de ser refrescante sumergirme en este día caluroso, a la vez resulta atemorizante pues se trata de una vía torrencial y hay rocas por doquier. Aun así, subo entusiasmado al inflable para continuar mi travesía. En poco tiempo se crea un equilibrio entre todos los factores: velocidad, riesgo, agua y buen clima, todo acompañado de escenarios tan diversos como guaduales, montañas, y playas rocosas.
La falta de control sobre el neumático, la libertad de no tener que maniobrar, se debe tomar como una ventaja para concentrarse en lo que el paisaje ofrece a la vista. Sin embargo no hay que descuidarse pues se presentan zonas con corrientes muy fuertes.
Durante todo el trayecto el grupo debe mantenerse unido y apoyarse en cada eventualidad. Compartir la experiencia y disfrutarla en equipo es un compromiso adquirido. Al final del recorrido las ruedas de colores están de nuevo juntas a la orilla del río. Es un alivio tener de nuevo los pies en la tierra, y una limonada fría se constituye en el mejor trofeo para este conjunto de navegantes que llegó a salvo trabajando en equipo.
Un día esplendoroso es la excusa perfecta para salir a conocer, disfrutar de un clima único, untarse un poco de cultura vallecaucana, relajarse y descansar antes o después de la aventura que ofrece el río Amaime. Dos sitios muy representativos, llenos de historia y tradición, dos destinos obligados, son el complemento perfecto
para este paseo de aventura.
En esta zona del Valle se formaron los primeros trapiches y se gestó toda la cultura azucarera que hoy representa al departamento. Por eso no es de extrañar que entre los municipios de Palmira y El Cerrito se encuentre el Museo de la Caña, que hace parte de la Hacienda Piedechinche. Con una historia que data aproximadamente del siglo XVII, este sitio que ha servido para ambientar producciones fílmicas, fue escenario de gestas y conflictos hasta convertirse en un gran trapiche. Hoy, recorriéndolo se pueden encontrar interminables jardines, construcciones coloniales, 21 ranchos típicos y una naturaleza en pleno furor. Un lugar evocador basado en este fruto de la tierra que endulza nuestra vida a diario.
Otro acercamiento imperdible a la cultura valluna es la Hacienda el Paraíso, establecida como símbolo de la cultura popular del departamento.
Hablar de ella es hablar de Jorge Isaacs y de María, su emblemático libro en el que el autor describe literariamente este lugar en el que habitó en el año 1854.
Pero no se puede finalizar un recorrido por esta región sin probar su plato insignia. No hay valluno que no recomiende el sancocho como la exquisitez más representativa. Acompañado siempre de tostadas de plátano y hogao, más una buena porción de aguacate, lo cierto es que la preparación puede variar mucho pero cada receta tiene su encanto. Así que se podrían pasar días degustándolo de pueblo en pueblo, sin hastiarse.
Y como comer aviva el espíritu, no está de más un postre como las gelatinas tradicionales o el manjar blanco que, así como el sancocho, se encuentra en gran variedad de versiones.
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