Por: Dionisio Pimiento (@dpimiento)
En pocos minutos aterrizará el avión en Medellín. ¿Qué hacer? ¿Dónde comer? ¿Qué lugares descubrir? Son tantas las preguntas que me hago mientras el avión comienza su descenso pues la agenda será intensa, pero cada viaje –sin importar si es de trabajo o de placer– debe tener para mí un contenido de exploración, de sorpresa, de novedad.
En la ciudad es clara la ruta gastronómica en la zona de El Poblado (sobre todo en los nuevos espacios comerciales como La Strada, Río Sur o el eje sobre La 34 con apuestas como Tabún, Milagros, El Ávila o Mystique). Pero en este viaje no se vale lo “obvio”. Vamos a descubrir la “otra Medellín gastronómica”.
Si el avión aterrizase en cercanías al José María Córdova tendría la excusa perfecta para hacer tres paradas: me refugiaría en Cocina, Campo y Madera, un lugar maravilloso con puente y ambiente bucólico; me instalaría en El Retiro, en el último piso de La Vecindad (antigua capillita y hoy propuesta culinaria en busca de su consolidación); o haría una larga parada en Queareparaenamorarte. Allí se puede hacer un buen viaje a través de la comida por la Colombia blanca, la negra, la indígena: por la Colombia mestiza.
¿Y si aterrizamos en el Olaya Herrera, en el corazón mismo de esta ciudad de extremos, bipolar y muchas veces multipolar? Quizás tomaría unos jeans y un par de sandalias para visitar los espacios hippie chic de esta Medellín: La Fiambrería, Pastas con Amor, Los Containers o Verdeo.
Quizás me atrevería a conocer la cara de un Envigado que busca quitarse el remoquete de “Oficina de…” para ser un pujante eje gastronómico de este valle de Aburrá con apuestas como Donde Lucio, Pescadería Juventud, El Trifásico, Ristorante Valenti y Cangrejo y Coco. En el sur de esta estrecha región metropolitana me dejaría seducir por la panadería más exquisita jamás vista sobre esta tierra, la que sale de las manos de Eduardo Madrid.
De seguro tomaría el metrocable y arriba, en lo más alto de Santo Domingo Savio, comería el mejor patacón con “todo”: hogao, queso y mucho más. En el occidente de la ciudad recorrería la Plaza de Mercado de La América: allí, al mismo tiempo que se obtiene un pescado fresco y a precios razonables, se pueden comprar toda clase de plantas. Caminaría sin temores por el centro, pues justo al lado de la ecléctica iglesia de Jesús Nazareno, en una preciosa casa verde, se puede adquirir el mejor licor de naranja hecho por las Echavarría en su propio alambique.
En las noches, quizás me dejaría conquistar por una Medellín más “callejera”: la de los puestos de arepas, perros calientes u otras preparaciones en Barrio Antioquia o en cercanías a la iglesia del parque de El Poblado (los extremos siempre tienden a unirse).
Y si el tiempo es suficiente, tomaría sin dudas la carretera al mar: allí, aparte de encontrar el bellísimo empedrado de Santa Fe de Antioquia, hallaría los mejores marañones, así como unas inolvidables cascaritas de naranja y pulpas de tamarindo. Como si se tratase de una misión secreta, me lanzaría en la búsqueda de “una tía y su sobrina en la calle del Medio entre las carreras 11 y 12, llegando a la plaza de la iglesia La Chinca”. Al hallarlas, aparte de hacer mi compra, les pediría que me permitieran visitar una de las habitaciones de la gran casona para observar los restos del fantástico papel tapiz francés del siglo XIX.
El avión frena y la puerta se abre. La azafata se despide con gesto cálido y mi aventura comienza: nuevos sitios, nuevos sabores y nuevos rostros.
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