Por: Carlos Peralta
Cuál es la misión del arte?: ¿reflejar la realidad?, ¿imaginar otra?, ¿expresar una idea de belleza? Todas son posibles. Es ideal cuando una obra de arte, ya sea de la música, la plástica, el teatro o el cine, logra expresar más de una de estas posibilidades: mostrar la realidad o denunciarla; develar la belleza de mundos poco vistos; y, ojalá, plasmar la posibilidad de que alguna vez la vida humana sea realmente mejor.
Es posible que Silencio en el paraíso, película escrita y dirigida por Colbert García, cineasta con amplia experiencia en el campo documental, haya logrado uno o varios de esos objetivos estéticos. La película, filmada con bajo presupuesto en múltiples escenarios de Ciudad Bolívar en Bogotá, con la mayoría de sus escenas rodadas de día para reducir costos de producción, alcanza niveles estéticos, dramáticos y narrativos a los que muy pocas obras cinematográficas han llegado en Colombia.
Son tales las tragedias y las atrocidades que recorren el país, que es inevitable que el cine sea ajeno a ellas, inevitable que el cine las quiera explorar, desentrañar, contar con el lápiz de la cámara y la profundidad del detenimiento, herramientas de las que carecen la televisión y la prensa, porque sus
intereses centrales son otros. Pero el interés central del buen cine consiste en contar una historia, y a través de esa historia, decir la verdad. Para filósofos y poetas la verdad es equivalente a la belleza. Dolorosa belleza la que emerge de esta película que llega a donde ningún periodista ha logrado llegar. Dentro del catálogo de aberraciones que han tenido lugar en el país debido a la guerra, o “conflicto interno”, que padece, los falsos positivos tendrán un lugar de honor en el pabellón del dolor. No sólo por la cantidad de personas que sucumbieron a este destino aterrador, sino porque fueron
actos terroríficos provocados por aquellos que se muestran ante la sociedad como los buenos, los defensores de la ley, aquellos que dicen ser lo contrario de bandidos, terroristas y ladrones. Y, sin embargo, fueron estos representantes de los “buenos” los que ejecutaron pecados mortales, pecados contra la humanidad, sin remordimiento y sin razón.
Y aun así, en Silencio en el paraíso, esa locura violenta del país alcanza a ser enfrentada por los deseos de vivir, de cambiar, de querer, de besar, que impulsan a los protagonistas de la película. Dos adolescentes, Ronald y Lady, que soportan el peso de vivir en los llamados barrios marginales de Colombia, que en realidad son los lugares donde habita la mayoría de los colombianos. Con el pretexto de una historia de amor, con el pretexto de
los falsos positivos, Silencio en el paraíso muestra un mundo que muy rara vez, o nunca, aparece en los medios tradicionales. Un mundo en el que la gente vive, trabaja, juega, sueña y, como en cualquier otro lugar, también hiere. Y son heridos, por las garras de un destino que en Colombia todavía se ensaña especialmente con los más débiles, y con los más inocentes.
Y son esos sueños de amor y de cambio los que siembran la esperanza por un futuro mejor, por un “sí futuro”, que se niega a morir ante el peso de un destino trágico. En la película sobresale la imagen de una bicicleta, su energía limpia, su capacidad de servir para el trabajo o para acompañar el juego, su valor aun siendo una cosa pequeña. Un símbolo de lo inocente, de los que quieren prosperar sin maldad, de los que no se quieren dejar vencer por aquellos que sólo viven para imponer el silencio. La bicicleta en la mano del protagonista, la línea de un poema visual dedicado a los inocentes. ¡Salud, por el buen cine!
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