Por: Gonzalo Mallarino Flórez
Mediando o terminando diciembre, queridos lectores de VOLAR, podrían parar un poco las lluvias. Entonces veríamos un cielo curvo, luminoso y hondo otra vez, como fue siempre en Navidad. En cualquier caso, vienen unos días de asueto para todos y con ellos la posibilidad de leer a placer. Por eso busqué mucho para recomendarles y me esforcé y al final di con un tesoro: El Peregrino Ediciones.
Y con su primera publicación, aquella con la que nacen a la vida, llamada Inmigrantes, una cajita amorosa que contiene cinco libros de crónicas, del tamaño de un pasaporte, sobre la experiencia de ser extranjero. Los cinco autores están echando a andar sus carreras literarias y, naturalmente, la experiencia vital de haber sido inmigrantes fue determinante. Son dos mujeres y tres hombres que andan por los treinta y pico y tienen una fuerza expresiva que ya quisiera uno ver en tanta novela premiada y celebrada en estos días por los diletantes.
La nueva y valiente editorial, por otra parte, fue constituida por gente muy buena, cuidadosa, profesional, cautelosa. Se trata de dos estupendos escritores, Juan David Correa (Todo pasa pronto, El barro y el silencio), y Álvaro Robledo (Nada importa, Final de las noches felices), y una magnífica editora, Ana Virginia Isaza.
Alain de Beaufort, un colombiano hijo de un británico y una boyacense, escribe sobre vivir en Nueva York siendo mesero y levantando una familia en Brooklyn. Jaime Arracó, un español, nos da las claves de su amor por Bogotá y de cómo la ciudad severa y dulce a un tiempo, le dio las pistas para conocer su propia naturaleza humana. Adriana López, gringa hija de colombianos y radicada inicialmente en Estados Unidos, hace el relato de su partida hacia España, de su amor por Madrid, por el castellano y por un hombre dulce llamado R, sin haber dejado de pensar en inglés ni un solo día. Joseph Avski, un paisa criado en la costa atlántica, relata de manera intensa y certera su llegada a El Paso, Texas, la proximidad de la frontera, la violencia racial y cultural, el solaz de los amigos hallados por azar, las conversaciones, las derrotas, las esperanzas nuevas. Y por último, Catalina Holguín hace el inventario de su ciclo en Canadá, de las lastimaduras del invierno y la soledad, de la música del idioma francés, de sus nostalgias y regresos como mujer y definitivamente, como colombiana.
Esos son, pues, los cinco libros. En verdad, qué buenas crónicas. Cómo el estilo de los autores, por sincero, por directo, por personal e íntimo, es ya, en proceso, el buen estilo de la prosa que vendrá si se embarcan en la novela y la ficción. Qué mundo verdadero y magnético el de los cinco; cómo, sin empeñarse falazmente en hacer gran literatura, han llegado a una gran profundidad en el ejercicio de escribir. Han hecho una valiosa reflexión sobre lo lingüístico y sobre el valor de las palabras, las que llevan en su corazón y las que encuentran en sus jornadas como viajeros.
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