Por: Alfredo Molano Jimeno
Que Roger Casment, un irlandés enamorado de la selva amazónica, quien en 1911, en su informe al Parlamento inglés, dio inicio al honroso listado de bellas obras pero también de fuertes denuncias que ha despertado este lugar. Casment venía a investigar los horrores cometidos por la Compañía Amazónica Peruana, una empresa cauchera que se encontraba en pleno apogeo en la bolsa británica. La compañía, mejor conocida como la Casa Arana en honor de sus creadores Julio César Arana, su hermano Lizardo y sus cuñados Pablo Zumaeta y Abel Alarco, era un verdadero emporio económico levantado en un amplio pedazo de selva amazónica.
Para ese entonces, Colombia, Perú y Brasil trataban de imponerse como propietarios de este pedazo de jungla. La región se conocía como el Putumayo y correspondía a la selva drenada entre los ríos Putumayo, Igara Paraná y Cara Paraná, un triángulo en el que las fronteras entre estos tres países se hacían difusas. Los peruanos pronto se adelantaron a sus vecinos y dejaron la suerte de esta región en manos de la Casa Arana, rey y ley del lugar. Los precios internacionales del caucho, motivados por el crecimiento de empresas como Goodyear, Collantes y Croydon, le daban fuelle a la fiebre de la goma. En Londres se volvió un secreto a voces los tratos que recibían los indígenas en esta región. La denuncia publicada por el diario Truth, en un artículo titulado “El Putumayo, paraíso del diablo”, escrito por W. E. Hardenbur, atrajo especialmente la atención de la opinión pública. Debido a este escándalo la Corona británica envió a Casment a investigar lo que allí sucedía. En 1911, el irlandés, crecido en Londres, llegó a suelo putumayense e inició la escritura de esa impresionante relación de sucesos que oscilan entre enamoradas descripciones de la selva, su gente y sus ríos y la indignación por el maltrato, la esclavitud y la corrupción que habían impuesto los colonos brasileros, colombianos y, en especial, los peruanos asociados a la Casa Arana. El centro de la explotación cauchera se estableció en La Chorrera pero cubría un amplio pedazo de selva que alcanzó las orillas del Araracuara. Allí no existe un solo indígena que no tenga en su memoria la cicatriz de lo que fue esta voraz colonización en la que más de 40.000 de ellos fueron asesinados y miles más esclavizados. Más allá de la denuncia, Casment se obsesionó por contar y tratar de explicar lo que pasaba, incluso a costa de perder su carrera diplomática lo cual, en efecto, sucedió. Sus palabras tocaron a poderosos y sus análisis terminaron llevándolo a entender el método colonial utilizado por la Corona británica incluso en su Irlanda natal. Esta historia, la de Roger Casment, ha sido bellamente recreada en el último libro de Mario Vargas Llosa, El sueño del Celta, en el que relata la vida de este irlandés.
Pero antes estuvo La vorágine. En esa historia de sangre y caucho narrada con pasión por José Eustasio Rivera, el colono Arturo Cobo fue desde Puerto Carreño hasta La Chorrera en busca del oro negro, de la goma del progreso y terminó por ser engullido por la manigua, por esa selva arisca que no perdona los pecados y que le arrancó hermosas palabras y reflexiones sobre la senda de esta humanidad, la que pretende arreciar con todo para convertirlo en centavos. Luego, muchos años después, Germán Castro Caycedo también puso su grano de arena. En Mi alma se la dejo al diablo contó la historia de un sobreviviente de la guerra del caucho e inmortalizó una increíble historia sobre ese pasado oscuro y sobre ese magnetismo de la selva que termina, al igual que con Arturo Cobo, por cubrir su vida de la misma forma que las enredaderas cubren un árbol. Y la lista continúa pues son muchas las letras que se escribieron inspiradas por este Araracuara que, también hoy, desata las palabras, como si hubieran estado contenidas una eternidad y al llegar al río Caquetá se derramaran sin freno, caprichosas, desbocadas.
Pasado el horror de la cauchería, este lugar fue convertido en una colonia penal. El mismo rincón del sur que fuera dejado a su suerte durante años por el gobierno colombiano, sería el sitio elegido para fundar la Colonia Penal y Agrícola del Sur, a la que un médico infiltrado en sus celdas llamó “el infierno verde”. Este penal formaba parte de la trilogía de cárceles de máxima seguridad: Malpelo, Gorgona y Araracuara, pensada desde 1935 por el presidente liberal Enrique Olaya Herrera. Sin embargo fueron el presidente Alfonso López Pumarejo y el ministro de Gobierno Alberto Lleras Camargo quienes inauguraron la prisión el 5 de julio de 1937, bajo el amparo de lo que se conoció como la Ley Lleras. Hoy, hasta la misma manigua se empeña en borrar las huellas del antiguo penal agrícola.
La maleza ha cubierto los muros de lo que fueran las paredes de los campamentos, de los puestos de guardia, de las bodegas de alimentos, como si la misma naturaleza se ensañara en borrar la negra historia de una de las más temidas prisiones del país que funcionó hasta hace cuarenta años.
La colonia penal alcanzó a tener cerca de 2.000 reos, en su mayoría presos políticos y condenados por crímenes de sangre, tal y como lo relatan, a cuentagotas, Alberto Cuéllar y José Araque. Ambos se niegan a recordar los horrores que vivieron en esta cárcel sin rejas, donde la selva enmarañada y los caudalosos ríos eran suficientes barrotes para evitar las fugas. Sus únicas palabras para describirlo son “horror, crueldad y muerte”.
Sin embargo, reconocen que el objetivo de crear una cárcel en la mitad de la selva para colonizarla fue efectivo, y que de una forma u otra, el presidio en Araracuara también se convirtió en una segunda oportunidad de vida ya que los presos lograron desarrollar económicamente a la región. “Se llamaba Colonia Agrícola porque pagábamos nuestra condena con trabajo forzado. Limpiábamos potreros, arreglábamos las carreteras, sembrábamos yuca, maíz, plátano. En esos tiempos Araracuara era muy productiva, había carros, ganado, pescado pa’ mandar a Bogotá. Se desarrolló mucho y empezó a convertirse en un centro económico regional importante”, cuenta don Araque, un hombre de 71 años que reprocha el presente abandono de esta tierra.
Al cierre de la colonia, el Ministerio de Agricultura y la Agencia de Cooperación Holandesa fundaron la Corporación Araracuara, un centro de investigación que le daría más impulso al desarrollo de la región. La pista aérea construida por los presos pronto recibiría varios vuelos a la semana. Desde este momento Satena se convertiría en el transporte de los lugareños.
“A Satena la queremos mucho acá, porque no ha dejado de venir. Ha sido una empresa que ha acompañado la historia de la región”, explica don Tulio, un lanchero nacido en Florencia, Caquetá, pero que se enamoró de Araracuara y hace más de veinte años se instaló en esta selva.
La corporación desarrolló la infraestructura que los convictos habían construido. Según Luis, funcionario de la corporación entre 1978 y 1982, “en esa época era una granja agrícola productiva: tenía cultivos de hortalizas y zoocriadero. Alcanzó a tener casi cien empleados de la región”. Por su parte Alberto Cuéllar recuerda que “había mucho ganado y cultivos: cacao silvestre, arroz, maíz, hasta trilladora había. Teníamos luz las 24 horas, había siete cuartos fríos para conservar el pescado, que era mucho en ese tiempo”.
La corporación dejó de funcionar a mediados de los años noventa pero persiste en la memoria de sus pobladores como un buen recuerdo. Sus vestigios aún son palpables.
Bordeando el río, se mantienen en pie lo que fueron los laboratorios y algunos apartamentos que pertenecieron a altos funcionarios. “Eran apartamentos lujosos, con aire acondicionado y todo, la hidroeléctrica fue reconstruida, la pista funcionaba a todo dar. Fue mucho lo que la corporación hizo por Araracuara”, explica don Araque.
Territorio ancestral, en Araracuara habitan más de 17 pueblos indígenas, cada uno con diversos clanes o familias. Muinanes, huitotos, nonuyas, andoques, cada uno tiene distintas interpretaciones de la vida y la muerte, lenguas y rituales. Sin embargo es evidente que están unidos irremediablemente por su experiencia histórica y su entorno. CRIMA se llama la organización que agrupa a los pueblos más grandes y numerosos y por medio de la cual hacen presencia ante el Estado para garantizar que se respeten sus propias formas de gobierno.
Para la tradición indígena sus territorios ancestrales son distintos de los resguardos que el Estado les otorgó. Sus fronteras no son políticas, son visuales, históricas. Van de tal palo a tal otro. De la orilla del río a la loma aquella. Según los muinanes, por ejemplo, todos los pueblos surgieron de un mismo lugar. Cada uno con su color y su lengua.
Salieron de una cueva y no sabían para dónde coger. Entonces partieron una boa –culebra– y a cada cual le tocó un pedazo.
“Cada parte de ese animal era el nombre de la comunidad y a cada cual le tocaba un territorio. A los muinanes, que fueron los últimos en escoger, les tocó el centro.
Eso quiere decir muinane, la comunidad del centro”, advierte José, un miembro de esa etnia.
En el casco urbano hay varias malocas, espacios sagrados, lugares de saber y reflexión. Una de ellas es la del pueblo huitoto, de la comunidad Guacamayo. La puerta apunta al oriente, donde nace el sol.
En las noches, viejos y jóvenes se reúnen a mambear. “Eso es una tradición indígena. Un momento en el que nos sentamos a recoger lo que ha pasado en el día, a detenernos y reflexionar, a intercambiar sentires”, explica Aurelio, un curaca muinane, dueño de la palabra en esa maloca.
En Araracuara todos son contadores de historias. Cuando arrancan a narrar algún episodio quien los escucha queda atrapado sin remedio. El mambeo de coca, ritual de reflexión e intercambio, es sin duda un vínculo astral con la palabra. Quizá esto explica el porqué en esta tierra las historias persisten con tanta fuerza. Un joven, de unos veinte años, tuesta hoja de coca en una bandeja de lata sobre un fogón. Suda. Su cuerpo brilla por la humedad. Huele las hojas con los ojos cerrados, buscando en su alfabeto de olores el punto exacto. Luego, en un pilón de madera machaca las hojas con una barra. La levanta y la deja caer con sutileza. Repite una y otra vez la operación.
Las gotas caen por su dorso sin camisa. Es el ritual de la coca, que luego se convertirá en el mambe al ser mezclado con hojas de yarumo.
Adultos y viejos conversan en círculo. Aurelio, el que aparenta más edad, toma la palabra. “Nosotros no entendemos por qué nadie sabe dónde es Araracuara. Porque nosotros sí sabemos dónde es Bogotá, la plaza de Bolívar, La Candelaria, pero ustedes no saben qué es el Araracuara”. Según él, los primeros blancos que llegaron fueron los portugueses, no los españoles. Antes, explica, eran puros. Luego arribaron los religiosos, las misiones franciscanas que venían a “civilizarlos”. Eran obligados a aprender el castellano, a hacer sus rituales y sus rezos a escondidas, en silencio.
Para Aurelio la entrada de la cauchería marcó una ruptura de su tiempo, “las compañías inglesa, francesa y peruana nos obligaron a dispersarnos y eso nos llevó a relacionarnos con otros pueblos. El comercio nos obligó a mezclarnos”, sostiene. La guerra por el caucho y la fiebre que desató, soltó el lapo contra los pueblos indígenas. Muchos murieron y otros escaparon hacia Perú.
En 1930 se dio un fuerte levantamiento indígena, liderado por Yarokamena, un huitoto, que según algunos testimonios “preparó una totumada de ambil y coca, nuestra ley de nacimiento, y llamó a los jefes vecinos.
Quiero que acabemos con este régimen. Chupemos este ambil, mambeemos esta coca; tomemos esta maguana y busquemos nuestra libertad”. Según la tradición oral, Yarokamena significa “árbol de piedra de rayo o árbol de cuarzo”, que representa al poder del trueno, del rayo.
Los pocos que regresaron a este lugar fueron los que fundaron las comunidades de la actualidad.
Los embates colonizadores no pararon allí. Después vino la fiebre de las pieles –1960– y luego la del oro, que aún no termina y por oleadas regresa con su caos.
La ciudad perdida, la de Araracuara, queda a tres horas del pueblo. Allí se entiende la potencia de la manigua, el poder de la selva, con ese halo de vida, de animales, de plantas. Todo respira. Todo se mueve. Los micos saltan en los árboles. William enseña el camino. Cada tanto se para ante un árbol, huele una flor, recoge una pepa caída y dice, “aquí hay un churuco, estuvieron comiendo”.
Las flores, rojas, azules y amarillas. Los olores, del acre al dulce perfumado. La humedad se siente en la piel, se ve. Todo verde, muy verde. El camino se empina a medida que uno se pierde entre la jungla. Las chicharras y los grillos gritan a todo pulmón.
La Ciudad Perdida, realmente perdida, es una elevación de roca extraña. Allí nacen hilos de agua que bajan al río. Es una especie de páramo. Del tapete de roca brota agua.
Aire fresco. Las flores del sur, símbolo de esta Amazonia, nacen por todas partes, una especie de bonsáis naturales. Y en la punta, una ciudad de piedras se pierde en el horizonte. Son rocas sin duda mágicas.
Extrañas. Una piedra gigante suspendida sobre dos infinitamente más pequeñas que la sujetan por los extremos retando la gravedad. Nadie sabe cómo es posible. No se entiende cómo llegó allí. Se asemejan a rocas precámbricas, del escudo Guyanés orinoqués, esas que tienen huellas de haber sido pulidas por el viento y el correr del agua.
En el mito de una disputa entre hermanos nacen los raudales, los chorros, que llaman, sitios sagrados y frontera natural que, para bien o para mal, han aislado a este rincón de la selva. La cueva de Guacamayo, o Balcón del Diablo, es un lugar sagrado por donde se impulsa un impresionante raudal, el chorro de Angostura, que estalla su fuerza contra las piedras, levantando una suerte de humo, de vapor. Resulta innavegable y varios son los muertos que ha dejado su poder. Esto es lo primero que se ve cuando se pisa Araracuara. Una piedra enorme que canaliza y estrecha el gran raudal de Angosturas. El ambiente de solemnidad, de vacío, de vértigo que produce, explica lo que representa para los indígenas. Por momentos pienso que le llaman Balcón del Diablo por la extraña seducción que produce el vértigo. Esas ganas de mirar el vacío. En las paredes de roca viven cientos de guacamayas azules y rojas. Quizá por esto la guacamaya es un símbolo de la región, un animal sagrado al que además, en alguna de las lenguas de aquí, se le dice arara, de ahí Araracuara, tierra de guacamayas. Tierra de historias, en la que sin duda la que prevalece es la palabra.
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