Los misterios del pulmón más grande del mundo se van develando poco a poco ante los ojos de quienes se adentran en el Parque Nacional Natural Amacayacu, una inmensa reserva de 293.500 hectáreas que alberga 400 especies de aves, 150 de mamíferos terrestres y numerosas clases de árboles como algunas ceibas de 400 y 600 años en las que viven más de 220 especies de insectos y crecen vigorosas bromelias.
Recorrer el sendero interpretativo; poner a prueba el estado físico subiendo treinta metros hasta el dosel para observar desde lo más alto las aves y los monos; realizar una caminata de tres horas en medio del bosque hasta llegar al poblado indígena tikuna de San Martín de Amacayacu; comprar artesanías elaboradas en madera “palo de sangre” y deliciosas mermeladas de frutas exóticas de la región; disfrutar de un lento, silencioso y sobrecogedor recorrido en canoa por el río; arriesgarse a buscar caimanes en medio de la oscuridad de la noche; observar los delfines rosados en el lago Tarapoto, son solo algunas de las actividades que tiene reservadas a sus visitantes este parque ubicado a 65 kilómetros de Leticia, cerca de la frontera con Perú y Brasil.
Pero el Amazonas es esto y mucho más: es también la Isla de los Micos, el bellísimo poblado de Puerto Nariño, la exuberancia hecha planta en la Victoria Regia, el legendario Kapax, la piraña que no se esconde sino que salta fuera del río y, sobre todo, un pedazo alucinante de país abierto a todos los colombianos.
Asentada sobre una meseta que ya le quedó pequeña, con sus más de 72 parques frondosos, sus monumentos llenos de historia y la misma brisa que siglos atrás refrescaba a los indígenas guanes que la habitaron, la capital santandereana no se ha quedado atrapada en su historia, que es mucha e importante.
Día tras día la ciudad le apuesta a convertirse en una urbe más moderna donde los niños puedan experimentar la ciencia y la tecnología en espacios como Neomundo; donde la cultura resulte más accesible para todos en sitios como la Casa del Libro Total, y donde la naturaleza se convierta en una impresionante atracción, como sucede en el Parque Nacional del Chicamocha (Panachi) que permite divertirse mientras se aprecia la sobrecogedora imponencia del cañón del Chicamocha.
Privilegiada todo el año con un agradable clima promedio de 23 grados centígrados, mucho hay para hacer, conocer y comprar en una de las ciudades más bellas de Colombia y en su área metropolitana integrada por Girón, Floridablanca y Piedecuesta.
No hay que desconocer las maravillas que de tanto en tanto hacen los hombres. El lago Calima, a una hora de la ciudad de Cali, en el Valle del Cauca, es una de ellas. Con 70 kilómetros cuadrados de superficie, este lago artificial, que se construyó en 1961 con el fin de generar energía para ese departamento, se ha convertido en uno de los paisajes más atractivos de la región y en un centro turístico y deportivo.
Vientos constantes todo el año hacen de Calima el sitio ideal para practicar el kitesurfing. Por eso no es extraño observar sobre el agua de tonalidades algo verdosas, numerosas cometas de múltiples colores que se cruzan, saltan, hacen piruetas, pero sobre todo vuelan como si hicieran parte de un ballet acrobático que mezcla agua y viento.
Con un clima templado y una temperatura promedio de 18 grados centígrados, Calima ofrece mañanas soleadas y aguas mansas, y en la tarde, un viento fuerte que alcanza en algunas épocas cerca de 50 kilómetros por hora. Relativamente desconocido para muchos, este paisaje –que más parece sacado de las sabanas cundinamarquesas y no del Valle del Cauca– se ha convertido en un centro turístico que ofrece zonas de camping, centros recreacionales, y una decena de acogedores hoteles.
Un yacimiento artístico ancestral es lo que se oculta dentro de una de las áreas biológicas y geográficas más extraordinarias del mundo. Y es que en el Parque Nacional Natural Chiribiquete, en pleno corazón de la selva colombiana y entre los departamentos de Caquetá y Guaviare, los indígenas karijonas dejaron plasmadas, hace miles de años, pinturas asombrosas en las que el jaguar, animal que representa la fecundidad del universo, es el protagonista. Esta cultura prehispánica utilizó como “lienzo” los tepuyes, esas impresionantes formaciones rocosas de cumbres aplanadas, consideradas unas de las más antiguas del mundo. Pero la grandeza de Chiribiquete no solo reside en su pasado milenario. Una extensión de 1’280.000 hectáreas
lo convierten en la más grande unidad de conservación del Sistema Nacional de Parques. Ese inmenso territorio alberga un conjunto de entornos diferentes que van desde la espesa selva hasta sabanas, ríos negros, raudales y cascadas, que forman un hábitat donde tienen cabida todos los mamíferos de la Amazonia, una flora variada y una vegetación que se trepa por chorros, grietas y paredes. Impenetrable, mágico y apartado, Chiribiquete es la demostración de que algunas veces la naturaleza adquiere una dimensión sagrada.
No es propiamente un desierto, sino un bosque tropical muy seco, una región semiárida que doce millones de años atrás albergó peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos.
Ubicado a 38 kilómetros al norte de Neiva, Huila; al oriente del municipio de Villavieja, y en la margen derecha del río Magdalena, el desierto de la Tatacoa es considerado un ecosistema excepcional, dueño de una riqueza fosilífica única, capaz de convocar a investigadores, científicos, paleontólogos y astrónomos convencidos del valor que esos 330 kilómetros tienen para el país.
Allí, el naranja y los ocres del suelo se mezclan con el verde y las puntiagudas espinas de los cactus de diferentes tamaños y formas, o con un cielo infinitamente azul en el día y deliciosamente estrellado en las noches. Por esto último es también el destino preferido de los amantes de la astronomía, quienes lo eligen para contemplar el cielo en toda su inmensidad, sin polución, ni cables eléctricos ni ningún otro obstáculo. Además, su cercanía con la línea del ecuador terrestre, gracias a la curvatura del planeta, hacen de este desierto un “balcón” natural desde donde es visible prácticamente todo el firmamento. Paisaje de maravilla y embrujo, La Tatacoa descubre ante los ojos del viajero el cielo, pero también laberintos de tierra, colinas, abismos y cráteres.
Cerca de 40.000 años se tomó la naturaleza para ofrecernos estas geoformaciones fantásticas e irregulares que alcanzan hasta los 15 metros de altura, y que se encuentran esparcidas aleatoriamente en 640 hectáreas del área única natural Los Estoraques. Incrustadas en el paisaje de Norte de Santander, más exactamente en el municipio de la Playa de Belén, a 25 minutos de Ocaña, estas esculturas descomunales están conformadas de arenisca, aplita, riolita y minerales ferrosos que al generar óxidos les dan esas tonalidades rojas.
En medio de un paisaje de belleza inagotable, se enclava la capital de Caquetá, circundada por una naturaleza maravillosa: una conjunción entre la escarpada cordillera Oriental y la Amazonia, región de la cual hace parte. La vigorosa llanura amazónica cubre aproximadamente 70% de este departamento que ocupa 88.900 kilómetros cuadrados. No es necesario recorrer largas distancias para que la naturaleza se regale abundante y generosa. Todo está para el deleite del viajero en sus verdes alrededores bañados por ríos cristalinos.
Es su historia, compleja y enmarcada por la fiebre del caucho y la violencia, la que permite comprender lo pluriétnico de Florencia, donde además de indígenas habitan también antioqueños, bogotanos, llaneros, vallunos y costeños. La mezcla de costumbres se refleja en la culinaria, las fiestas y el estilo de vida. Territorio rico en flores como heliconias, orquídeas, bromelias y también en agua, fauna y especies vegetales, motivos hay de sobra para dirigirse al sur.
Un paraje de extraordinaria belleza es lo que encuentran quienes arriban al Parque Nacional Natural Isla Gorgona en el océano Pacífico. El mismo entorno que maravilló al español Francisco Pizarro, quien bautizó a esta isla rica en reptiles con el nombre de los monstruos infernales de cabellos de serpiente, y que mucho tiempo después funcionara como aterradora prisión durante 23 años, hoy se ha convertido en un sitio protegido con el fin de salvaguardar su excepcional biodiversidad. Y es que en las 61.687 hectáreas que comparte con sus vecinos (la isla Gorgonilla y el islote El Viudo) y dos importantes ecosistemas (la selva húmeda tropical y los arrecifes coralinos), Gorgona resulta tan rica y diversa en fauna terrestre como en fauna marina.
Por eso, uno de los mejores planes lo constituye el buceo para observar una inmensa variedad de peces, tiburones aletiblancos, martillo y ballena e inmensas tortugas que escogen las playas de Gorgonilla para desovar, al igual que las ballenas jorobadas eligen sus cálidas aguas para aparearse y tener a sus crías.
Ya en la superficie, 85% del terreno está cubierto por una espesa selva húmeda que puede recorrerse a lo largo de senderos interpretativos que enseñan sobre las especies de flora y fauna tropicales, muchas de ellas endémicas. Con manglares que separan a la selva del mar, abundante agua dulce que surge de más de cien arroyos, hermosas playas y una riqueza vegetal y animal incomparable, Gorgona es una lección inolvidable sobre la inmensa riqueza natural de Colombia.
En el siglo XIX este municipio tolimense floreció a orillas del Magdalena. Antiguas construcciones que todavía se conservan son testimonio de su pasado dorado en el que grandes vapores llegaban cargados de mercancías para satisfacer a una sociedad pujante que tenía prósperos negocios. Por esa misma época, decenas de puentes que cruzan la ciudad fueron construidos. Entre ellos se destaca el primero levantado sobre el río Magdalena que ostenta el título de ser el puente metálico más antiguo de Suramérica. Actualmente es un paso peatonal entre los departamentos del Tolima y Cundinamarca.
Hoy, esta joya histórica, bañada por los ríos Magdalena y Gualí y rodeada por una frondosa vegetación, está ubicada en un anillo vial muy importante que conecta el centro del país con la costa atlántica y el occidente. Afortunadamente, además de regocijarse de pasada con su arquitectura y paisaje y saborear el típico viudo de pescado, en los últimos años hay quienes le apuestan a su renacimiento. Muchas de las casonas de antiguas épocas están recobrando su atractivo para los que buscan un remanso de paz frente al río. De esta forma, el puerto tolimense le está diciendo “no” a la nostalgia para apostarle a un ambicioso futuro.
Un paisaje soberbio le regala la naturaleza a este municipio nariñense. Por entre las montañas majestuosas fluye un río mágico, el Guáitara, fecundando estas tierras que con 11 grados centígrados de temperatura promedio y a una altura de 2.700 m.s.n.m. resultan óptimas para la agricultura y la ganadería. En ellas sus habitantes, gente sencilla y servicial, siembran papa, maíz, cubios, habas, calabaza, nabo y fríjol, y los colores de estos cultivos tiñen el paisaje, creando esa colcha de retazos por la que son tan reconocidas estas tierras. Esa misma geografía se encargó de aislar de manera natural la región, durante cuarenta años, de las invasiones del Imperio inca. No pudieron dominarlos, ni ellos ni los conquistadores españoles. Gracias a esa particular condición de aislamiento, hoy Ipiales es dueña de una riqueza cultural fortalecida por su herencia indígena y ha conservado sus costumbres y vocablos vigentes desde tiempos ancestrales.
El cielo de Ipiales guarda dos sorpresas: la primera, las “nubes verdes”, un fenómeno que sucede en agosto y en los primeros días de octubre, cuando el sol se oculta entre los nevados de Chiles y Cumbal. En los días despejados el azufre de los volcanes forma al atardecer nubes de un color verde suave, que luego toman tintes rojos y por último se oscurecen creando un espectáculo maravilloso. La segunda es el hermoso Santuario de las Lajas, designado monumento nacional en 1984, que parece flotar sobre el río cuando se observa desde el mirador del Guáitara. Por eso no miente quien dice “Llegar a Ipiales, tocar el cielo”.
Pueblo de pescadores, con playas de arena oscura, este rincón del Pacífico colombiano es muy apreciado por los mangles, las ensenadas con cascadas de agua dulce y los arrecifes donde habitan gran cantidad de especies marinas. Para llegar a este corregimiento, al norte de Bahía Málaga, constituida recientemente como Parque Nacional Natural, hay que partir desde el puerto de Buenaventura a tempranas horas de la mañana. Una vez allá, la biodiversidad que lo circunda hará que el agitado trayecto en lancha durante 50 minutos valga la pena. Además de 1.396 especies de fauna y flora, cada año, de julio a noviembre, sus aguas reciben una población de ballenas yubarta que recorren ocho mil kilómetros desde la Antártida hasta el trópico para aparearse, dar a luz y criar a sus pequeños.
Rústico, primitivo, básico, así se podría describir este lugar que ofrece alojamiento en cabañas típicas, exquisita comida regional y los inolvidables paisajes que surgen cada vez que el imponente océano Pacífico se encuentra con la espesura de la selva.
Considerado uno de los lugares más lluviosos del mundo, este parque, ubicado en la frontera de los departamentos de Chocó y Antioquia, cuenta con toda la exuberancia que la selva húmeda tropical puede contener. En su geografía se distinguen tres sectores, en primer lugar el de las verdes colinas donde se encuentran impresionantes caídas y saltos de agua como el Tulipo, de 106 metros de altura, El Tendal y La Tigra.
El segundo sector es el de las llanuras inundables, donde está la gran Ciénaga de Tumaradó, otro de sus tesoros, formada por cuatro ciénagas unidas entre sí y con salida al caudaloso río. Por último, hacia el oriente, se halla el sector de planicies sin inundaciones.
Con 72.000 hectáreas que limitan al norte con Panamá, este territorio fue puente para el intercambio entre las especies de las Américas del Sur y Central y actualmente es un sitio de transición e intercambio entre el Chocó biogeográfico y el Caribe. Antiguo hábitat de los indios cuna quienes fueron desplazados por los embera katío, etnia a la cual debe su nombre, este no solo se considera uno de los sitios más extraordinarios de Colombia sino también del universo, como lo consideró la Unesco al declararlo sitio patrimonio mundial en 1994.
Solo falta un cielo despejado para comprobar que los casquetes de cinco volcanes: Tolima, Quindío, Paramillo de Santa Rosa, Santa Isabel y Ruiz –alineados así de sur a norte–, configuran uno de los más bellos paisajes de Colombia. Ellos forman parte de este Parque Nacional Natural de 58.300 hectáreas sobre la cordillera Central de los Andes, compartido por los departamentos de Caldas, Quindío, Risaralda y Tolima. Fábrica de agua para más de dos millones de habitantes y para 50% de la zona cafetera colombiana, además de volcanes activos y cerros cubiertos de nieves perpetuas, en Los Nevados se encuentran hermosos valles donde abunda la palma de cera. En esos variados ecosistemas habita una diversidad de fauna que incluye osos de anteojos, dantas, ardillas, armadillos y, por los aires, cóndores y especies endémicas como el perico de los nevados y el colibrí de páramo. Si bien la nieve constituye el principal atractivo para los turistas que llegan hasta el parque a lo largo del año, ese no es el fin de la aventura. Admirar los frailejonales, los imponentes paisajes de páramo, la laguna Verde, el Valle Lunar, el Valle de las Tumbas y la laguna del Otún, son otras inolvidables sorpresas que depara este viaje por las alturas.
La vista se pierde en las inmensas llanuras que se extienden desde el piedemonte de la cordillera Oriental hasta las orillas del Orinoco, río que separa pero también une a Colombia y Venezuela. Meta, Casanare, Arauca, Vichada son los departamentos que conforman esta región de la Orinoquia tierra con vocación ganadera, caudalosos ríos, atardeceres rojos y hombres recios e intrépidos que sin embargo se emocionan ante los acordes de un arpa o al bailar un joropo.
Pero más allá de la llanura existen más cosas que deslumbran en este territorio. El Parque Nacional Natural La Macarena, en el Meta, y el Parque Nacional Natural El Tuparro, en el Vichada, son algunas de las razones por las que siempre vale la pena mirar hacia el oriente, donde nace el sol.
Abrazada por el río Magdalena, esta isla se mantuvo aislada del mundo durante varios siglos. Para los comerciantes neogranadinos fue paso obligado en su ruta del interior a la costa: el río Magdalena, columna vertebral del transporte en el país desde el siglo XVI, pasaba con su brazo principal, el Mompós, frente a la plaza de mercado de la ciudad. Entrado el siglo XIX, llegar a ella se hizo más difícil e innecesario: la sedimentación arrastrada por las aguas del Magdalena fue cambiando el curso del río, y gradualmente el Brazo de Loba –aquel que pasa junto a Magangué y al que se une el río Cauca– se fue volviendo más caudaloso, hasta convertirse en la principal vía fluvial de la región. Así, Santa Cruz de Mompox, en el departamento de Bolívar, se vio privada de su principal fuente de ingresos y aislada del mundo exterior. Las épocas de riqueza y bonanza eran parte del pasado. Aislada del resto de Colombia, del resto del mundo, Mompox vio pasar las décadas desde su tranquila orilla del Magdalena. Y fue precisamente ese estado de conservación el que hizo que el 6 de diciembre de 1995, la Unesco la declarara patrimonio histórico de la
humanidad.
Hoy, sus ricos templos, inmensas casonas coloniales, calles sinuosas y mágicas historias transportan al visitante a un pasado lleno de brillo y prosperidad. Por eso no sobra agradecer el desvío del Brazo Mompós, de no haber sido así, seguramente Mompox, su bella arquitectura y con ella su espíritu colonial habrían corrido otra suerte.
En el Pacífico colombiano, Nuquí ofrece la belleza de una selva hermosa y virgen, que custodia y da cauce a arroyos de agua cristalina y fría que bajan del monte al mar.
Extensas y tranquilas playas, olas fuertes y una espesa selva permiten emprender diversas actividades: bucear con bancos de atunes, junto a delfines y mantarrayas; avistar ballenas; poner a prueba la destreza para surfear sobre impresionantes olas, varias de ellas consideradas por los profesionales de este deporte como las mejores de Colombia; subir a la copa de gigantescos árboles y deleitarse con el panorama que ofrece el dosel de la jungla visto desde arriba; practicar rappel bajo el agua de rocosas cascadas; remontar los ríos que serpentean bajo manglares y colosales árboles que se levantan más de cincuenta metros. Paisaje único y sobrecogedor el que forman la jungla más rica del mundo y el océano Pacífico en esas costas chocoanas.
Caminar por las lindas calles de Ocaña, la segunda ciudad más importante del departamento de Norte de Santander, es como viajar en el tiempo y adentrarse en el que fuera centro neurálgico del pasado heroico de esta nación. Y es que como sede de la Gran Convención, el pujante pueblo de Ocaña fue decisivo en el proceso de independencia de España. Solo recorrer la arquitectura colonial que subsiste como testimonio de esa época gloriosa, hace que valga la pena conocerla. Sus casas, iglesias y monumentos tienen detrás de sí una historia de conquista, ocupación colonial y lucha por la independencia.
Aquí el pasado está vivo, respira y es motivo de orgullo para sus gentes, que conservan intacto el formidable espíritu de libertad de sus antepasados.
Un mar transparente y deslumbrante rodea a esta pequeña isla de 17 kilómetros cuadrados rica en sonidos, aromas y sensaciones, que forma parte del archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. El hermoso paisaje verde de las montañas volcánicas de la isla contrasta con los muchos colores del mar donde se esconden maravillas: barracudas, mantarrayas, corales, peces loro y otras mil especies de animales que habitan estas junglas submarinas. Bucear en Cayo Cangrejo, relajarse en las solitarias playas de Aguadulce, Suroeste y Manzanillo, bailar al ritmo del reggae, cruzar hasta el pequeño islote de Santa Catalina…, todo resulta fácil y agradable en Providencia, un lugar donde a la naturaleza se le fue la mano.
Quibdó no se parece a las demás capitales colombianas.
Una rica y aleatoria combinación de varios mundos –el bullicio y la congestión humana del centro mezclado con el sereno fluir de las canoas por el río Atrato, y su ubicación en medio de la selva– configura su alucinante cotidianidad.
A su colorido mercado arriban en largas canoas de madera exóticos productos de la selva: lulos dos veces más grandes y dulces que los que se venden en el resto del país, o inmensos borojós con sus famosas propiedades afrodisíacas que son una muestra de la exuberancia de estas tierras. Corazón de la colosal selva chocoana, uno de los ecosistemas más ricos del mundo en biodiversidad, recursos hídricos, precipitaciones y recursos minerales como el oro y el platino, a Quibdó la envuelven los ríos y la lluvia. Y en medio de tanta naturaleza, esta ciudad amable ofrece también una peculiar arquitectura, el colorido de sus barrios, sus historias, sus ritmos y la belleza y cordialidad de su gente.
“Ciudad de las ollas” quiere decir en chibcha su nombre. Y nada más cierto, pues en este pueblito boyacense la arcilla moldeada por las manos de sus artesanos se convierte en ollas, vajillas y materas que cada fin de semana atraen a miles de visitantes y compradores. Expuesta a lado y lado de la calle principal se encuentra toda la laboriosidad de sus artesanos y alfareros que elaboran también tejidos en lana virgen, hamacas y canastos, con técnicas tradicionales.
Pintoresco municipio de coloridas casas coloniales, son doce mil las personas que lo habitan y disfrutan del agradable clima que les ofrece su ubicación a 2.100 metros de altura sobre el nivel del mar. Considerado el más hermoso y acogedor del departamento, no hay duda de que Ráquira es también la capital artesanal de Colombia.
Pueblo antiguo, de los más viejos en la historia de nuestro país, y por lo mismo, testigo del trasegar de los hombres por estas tierras, la capital de Sucre es un cruce de caminos por donde debe pasar todo aquel que va de Medellín a Barranquilla, Santa Marta o Cartagena.
Esta ciudad que crece y se moderniza vertiginosamente, está situada en lo que se conoce como la sabana, donde nace la figura del juglar sabanero, contador de historias y su acordeón.
A pesar de no tener río ni mar, Sincelejo es caribe. Y es que solo media hora de camino la separan de las bellas playas de Tolú y Coveñas y por eso su aire arrastra un halo inconfundible de costa y de mar.
Las imponentes montañas del Cauca guardan en sus entrañas templos subterráneos que transportan a un pasado milenario.
Son decenas de hipogeos que se adentran hasta nueve metros en la gris roca volcánica, convirtiendo estas tumbas en las más espectaculares de Suramérica. Durante siglos, la mirada enigmática de inmensos hombres tallados en las columnas, con tocados de plumas y pinturas faciales, han custodiado los restos de gobernantes, sacerdotes, y de gente del pueblo, que allí reposan.
La forma de las cámaras de estas tumbas es similar a la de los templos ceremoniales de varios grupos indígenas colombianos. Esto lleva a suponer que en Tierradentro se buscó construir las viviendas de los muertos con los mismos principios simbólicos y arquitectónicos de los templos sagrados de los vivos. La muerte, por lo tanto, tal vez era entendida como algo no muy distinto de la vida.
Ya en la superficie, la vida bulle en los volcanes nevados que no apagan sus fumarolas, y en la generosidad de los indígenas y campesinos que habitan esta fértil tierra que durante milenios ha permanecido como una joya escondida.
Un paisaje de selva y bosque húmedo se transforma en inmensas plantaciones de banano y plátano que parecen, desde el aire, el tejido de una hoja gigante. Se trata del llamado “Eje bananero”, compuesto por los municipios de Chigorodó, Carepa y Apartadó. Pero no solo fértil es esta tierra. También, hermosa. Ubicado en un sector privilegiado, el Urabá antioqueño limita al norte con el mar Caribe, al oriente con el departamento de Córdoba y al sur y al occidente con el Chocó, dando como resultado un paisaje único: sabanas inmensas se juntan con altas montañas y se encuentran con el exotismo de unas playas donde la selva es protagonista. Tierra ancestral de los embera, katíos y chamíes, de los tule y los zenúes, hoy habitada por ellos y por miles de afrodescendientes y mestizos, este golfo es, sin duda, un inmenso contenedor de culturas.
En esta tierra la naturaleza despliega sin mesura sus mejores encantos. Mitú, su capital, es punto de partida para navegar por la majestuosidad del río Vaupés y adentrarse en las otras maravillas naturales que ofrece este departamento perteneciente a la Amazonía. Por ejemplo, el raudal de Jirijirimo, una gran catarata que se encuentra en la frontera con el departamento del Amazonas interrumpiendo la aparatosa corriente del río Apaporis. O el sorprendente raudal de Yuruparí, a cuyo alrededor se forman durante el verano hermosas playas de color habano. Habitado por diferentes comunidades indígenas, el Vaupés y sus intrigantes paisajes son un secreto que bien vale la pena descubrir.
Entre los muchos encantos que guarda la isla de San Andrés, se encuentra este balneario de aguas cristalinas en donde se puede disfrutar de la práctica de buceo o del snorkeling. Un trampolín de cuatro metros de altura y un tobogán permiten lanzarse a ese mar infinito de siete colores y apreciar el impresionante acuario natural que se esconde bajo la superficie.
Capital de Casanare –uno de los departamentos que conforman la región de la Orinoquia–, Yopal debe su nombre a la palabra yopo, o corazón, con la que los primeros pobladores indígenas bautizaron al árbol maderable que abundaba a orillas del río Cravo sur.
Rica en fauna, flora y aguas, Yopal es un recreo para los sentidos. No solo la belleza de la llanura es fascinante, también el aroma de su vegetación y el sonido de sus animales: loros, garzas, chigüiros, morrocoyos y cunaguaros que dan la bienvenida al visitante en medio de atardeceres rojos, mientras la vista se pierde en el horizonte.
Elegida como la primera maravilla de Colombia, la Catedral de Sal de Zipaquirá es una antigua mina de sal convertida en templo sagrado. Catorce estaciones del viacrucis que repasan el sufrimiento de Cristo desde su arresto y condena hasta su crucifixión y sepultura, conforman esta peregrinación religiosa de 386 metros de longitud. Tesoro enterrado, sobrecogedora mezcla de naturaleza y arquitectura a 180 metros bajo tierra, esta es una obra monumental que no se hizo, como es costumbre, adicionando materia, como en un puente, una pirámide o una torre, sino sustrayéndola. Una obra de arte y de fe cuya materia prima es el vacío.
Carlos, de 14 años, sube trotando los 180 peldaños de la Catedral de Nuestra Señora del Socorro. [...]
Más conocida por albergar al puerto más importante de Colombia que por sus bondades naturales y paisaj&iac [...]
Cientos de cangrejos corren graciosa y simultáneamente sobre la playa, vigilando con sus ojos saltones todo lo qu [...]
Acostumbrados a hablar con frescura, a andar sin prisas y a hacerse la vida lo más agradable posible, los guapire [...]
Que Roger Casment, un irlandés enamorado de la selva amazónica, quien en 1911, en su informe al Parlamento [...]
No es África. Pero quienes visitan las 3.000 hectáreas de este parque llegan a sentirse en ese continente. [...]
Para poder comentar usted debe ser un usuario registrado. Regístrese o ingrese aquí
Este artículo no tiene comentarios, sé el primero en compartirnos uno.