Destino

Nuquí Cuna de Vida

Por: Andrés Mayr


Ya sea sumergida bajo las olas, saltando en la copa de los árboles o escarbando en las infinitas arenas de sus playas, la vida eligió la exuberancia de Nuquí como escenario de su ritual más sagrado:el nacimiento de nuevas generaciones.

Cientos de cangrejos corren graciosa y simultáneamente sobre la playa, vigilando con sus ojos saltones todo lo que ocurre a su alrededor. Sus lomos brillan tenuemente mientras estudian la arena con sus tenazas, limpiándola al buscar restos animales, de frutas, o algún mejillón que les sirva de alimento. Algunos parecen disfrutar al ser arrastrados por la espuma de las olas, y otros parecen bailar, casi sin tocar la arena, al primer indicio de peligro, escondiéndose velozmente en sus agujeros, desapareciendo. Se mueven en un mundo pequeño, de la misma escala de los caracoles, las semillas y las ranas, y como ellas, aportan con sus tareas de limpieza al equilibrio de las extensas playas, algunas de varios kilómetros de extensión, de Nuquí. Estos artrópodos son parte del engranaje natural que mantiene en armonía esta frontera entre el océano de fertilidad que es la selva húmeda tropical chocoana -la más lluviosa del planeta, y una de las que más especies alberga- y otro océano, ese que ocupa medio planeta, desde Alaska hasta la Antártida: el Pacífico. Es en este mágico lugar de unión donde la vida en todos sus tamaños y formas nace, crece y se multiplica equilibradamente para el deleite de todos los seres, incluídos nosotros, los humanos.

La selva

Treinta y hasta cuarenta metros levantan hacia el cielo su follaje millones de árboles tropicales en su competencia por disfrutar un poco de la luz del sol. A través de la ventana del avión sus copas semejan pequeños coliflores, uno puesto al lado del otro por alguna mano gigante, ordenadamente hasta donde la vista alcanza. Desde el aire es imposible comprender toda la agitación que ocurre allá abajo, en ese mar de mil verdes que separa y une a Quibdó con Nuquí; solo se ve un inmenso telar vegetal que de cuando en cuando es cruzado por algún cristalino río chocoano, de esos ricos en oro y plata, y aún más ricos en peces, camarones y anfibios endémicos.
Bajando a la tierra y adentrándose en este mundo, ya caminando, ubicándonos ahora debajo del dosel, la experiencia sensorial se complementa: a los deliciosos olores, a la pureza del oxígeno se suman las vibraciones del agua de mil quebradas. Al colorido de los tucanes se suman los cantos de cientos de aves y de las coloridas ranas, que parecen callar cuando desde una alta rama ruge el macho alfa de la manada de monos aulladores. Sin embargo, ese silencio dura solo instantes. Estamos en un mundo agitado pero relajante, envueltos en un ritmo armónico del que no podemos escapar. Si se intenta racionalizar esta experiencia, se llega a números que no caben en la cabeza y que no hacen justicia a tantas pinceladas de la evolución: más de cuatro mil especies de vegetales, quinientas especies de aves, doscientas de mamíferos y otras tantas de anfibios y reptiles habitan el Pacífico chocoano. Y cada día se descubren nuevas especies, al tiempo que seguramente llevamos a otras a la extinción. Para el observador normal, esto equivale a encontrar que miles de insectos, decenas de aves, cuatro especies de ranas, once serpientes, cuarenta plantas y un tigrillo pueden estar conviviendo en un solo árbol en un momento dado, en un ejemplo de armonía milenaria que bien haríamos en intentar seguir. Pero las cifras no dicen mucho, solo mencionan cuantas notas hay en la partitura; para escuchar la sinfonía toca ir donde los músicos y ofrecerles nuestro silencio.
La imponencia de la selva se nos regala a lo largo de toda la costa de este golfo de Tribugá, desde Arusí hasta la Ensenada de Utría, y cada caminata que se haga bajo el dosel es una oportunidad para vivir la armonía de la creación en carne propia; solo hay que querer sentirla.

Los ríos

Los ríos y quebradas que pasean por la selva chocoana son sus arterias: entrar y salir de este océano vegetal es más fácil por el agua, y así lo han hecho por siglos las comunidades que lo habitan. Con gran destreza, Edwin remonta el río Joví en el chingo (canoa) que empuja sin pausa con una larga palanca de madera. Su musculatura evidencia el esfuerzo que es necesario hacer para mover durante horas la embarcación contra la corriente, y su destreza sobre el río no sólo es fruto de su experiencia, sino también la herencia de un pueblo que llegó a esta región por el agua, escapando de la esclavitud. “Quienes ganaban su libertad, ya fuera porque pagaban por ella o porque se fugaban, buscaban las partes más inhóspitas de la selva para asentarse, allá donde los amos no pudieran reesclavizarlos. Bajando por el río Pató al río Baudó, y por éste al océano Pacífico, los ahora hombres libres eligieron varios puntos de la costa como su nuevo hogar, siendo Nuquí uno de ellos” cuenta el historiador y escritor istmineño Sergio Antonio Mosquera, director ejecutivo de la Fundación Muntú Bantú, sobre el surgimiento de las poblaciones de la costa chocoana. “Un par de siglos más tarde, cuando se inició la construcción del Canal de Panamá, miles de hombres bajaron por la ruta del río San Juan hacia el mar, buscando luego subir al istmo, soñando con un mejor futuro. En este proceso, muchos de ellos se quedaron en la costa colombiana”.
La aparente facilidad con que Edwin lleva el chingo desde Joví hasta la cascada Antaral, a través de ocho kilómetros de una lengua de bosque tan sencillamente bella que parece sacada de una fábula para niños, denota la presencia de esta cultura fluvial centenaria de la que él y sus compañeros palanqueros en la Asociación de Guías Pichindé son hijos. Y no solo es ducho en la navegación: la sencillez de movimientos con los que sube las resbalosas rocas que forman las tres piscinas naturales de Chontadura -una cascada un poco más cerca de Joví, en donde el agua no para de labrar jacuzzis naturalesson otra muestra de la agilidad de los nativos para desenvolverse en este entorno.
Cuando es hora de regresar al poblado, Edwin deja que el río haga todo el trabajo: le da dirección a la canoa, y la corriente se encarga del resto. Pero este “descanso” solo dura hasta cierto punto: la marea está subiendo, y cerca de la costa el río parece fluir tierra adentro, en reversa. Edwin sigue palanqueando, ahora en aguas que no sabemos si son de río o de mar...

El mar

Las olas arrullan el fin del día, los últimos rayos del sol pintan el cielo de mil violetas y las siluetas de las gaviotas buscan donde pasar la noche que se avecina. A lo lejos, sobre el horizonte plano del océano, dos ballenas muestran sus lomos, preparándose para sumergirse por la próxima media hora. Es difícil imaginar que esta misma agradable temperatura que hace al atardecer en Guachalito y Terquito -dos de las playas más lindas de la región- es la que disfruta el ballenato en gestación en las gélidas aguas antárticas. La capa de grasa de su madre lo aisla completamente del frío del Pacífico Sur, a donde acuden las ballenas jorobadas para alimentarse. Su recorrido de 7.000 kilómetros entre la punta sur del continente y las tibias aguas del Pacífico chocoano les toma casi medio año, y lo hacen siempre cerca a la costa, según las últimas exploraciones científicas. Acertadamente eligen los mares colombianos para dar a luz, pues la temperatura del agua es similar a la del vientre de la madre: no podrían nacer en aguas frías, pues el choque de temperaturas afectaría negativamente al ballenato. Entre junio y octubre, mientras el recién nacido gana peso alimentándose únicamente de la leche de su madre, las ballenas permanecen en los trópicos. Son estos días de cuna en los que ver los saltos de los animales más grandes del mundo y sumergir la cabeza en el mar para deleitarse con sus complejos cantos se puede hacer en las tibias aguas del Pacífico colombiano.
El resto del año, inmensas tortugas centenarias eligen estas playas como cuna para sus tortuguitas, y grupos de cientos de delfines parecen celebrarlo haciendo piruetas en el aire. Corales como los de la Ensenada de Utria -y su espectacular isla Playa Blanca- son los anfitriones de incontables especies de peces y mariscos, mientras que en aguas más profundas atunes y pargos llenan las redes de los pescadores artesanales de la región. Horas después, en sus cocinas de leña, las expertas manos de las chocoanas los convertirán en los más deliciosos manjares, siendo excepcionalmente recomendables el pargo frito, el sancocho de pescado y la sopa de queso. Viéndolo desde afuera, es claro: la selva, los ríos y el mar ofrecen todo lo que se necesita para ser feliz a la orilla del Pacífico. Tanto para los humanos, como para las ballenas y las tortugas, Nuquí es más que un paraíso: es una cuna de vida, es el lugar donde las esperanzas se renuevan con cada generación. Así ha sido para los descendientes libres de los esclavos africanos, y así será en dos mil años para las futuras generaciones de ballenas jorobadas. Esta frontera geográfica, mágico punto de unión entre el oceáno Pacífico y la selva chocoana, parece ser consciente de su responsabilidad. Y lo disfruta, y lo comparte.

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