Por: Alfredo Molano Jimeno
Llegamos a San José, capital del Guaviare, cuando la tarde caía. En el horizonte se pintaba un atardecer cobrizo. Un viento sostenido arrastraba olores de selva y llano, de bosques y sabanas. Cuando a alguien le hablan del Guaviare, inevitablemente piensa en una zona apartada y peligrosa.
La herencia de la guerra en Colombia nos ha vetado los más hermosos sitios del país.
Pero si uno renuncia a los estigmas puede encontrarse con una región desconocida y maravillosa; de piedras antiguas, ríos verdes y azules y gente generosa.
A pesar de que en San José, la capital del Guaviare, existen hoteles confortables, su paisaje, recóndito y latente, no es para el viajero que busca la playa y el descanso que venden las postales. Aquí hace falta un espíritu explorador, alguien intrépido, dispuesto a abrir caminos, a remontar ríos, a caminar entre la selva, a conocer los senderos de Colombia, las zonas apartadas y mágicas, los paisajes de escalofrío y vida campesina. Más que turistas, el Guaviare necesita de aventureros.
Tomando la vía que conduce a Villavicencio, a menos de treinta minutos de San José, se encuentra una reserva natural colectiva que algunos habitantes de la región han ido construyendo como hospedaje para viajeros.
En una vereda conocida como Playa Güio, dieciocho socios, familias humildes de la región, cansadas de los desplantes de la vida campesina en el Guaviare que una y otra vez los había conducido al camino de la coca, decidieron montar un espacio de alojamiento para recibir turistas. Son doce cabañas con luz solar, que se encuentran a lo largo de la rivera de Caño Negro, un calmado brazo de agua y bosque que los comunica con la hermosa laguna del mismo nombre. Un sueño al que Javier, el fundador de esta reserva, le dio forma cuando fue invitado a una feria de regiones en Santa Marta a la que sólo llevaba heliconias, una flor delicada, de intensos colores rojo y anaranjado, que nace en su departamento.
Allí logró el apoyo que parecía imposible. “Este proyecto es lo que usted está viendo. Un espacio para el turismo responsable, manejado por familias campesinas” dice, al contar la historia de esta esquina en la que los turistas pueden encontrarse con la naturaleza. Playa Güio también es una reserva a la que la Policía lleva a los animales en cautiverio que son incautados. Allí guacamayas y loros comparten la vida con los gatos y perros de Javier. Tras una breve caminada, nos embarcamos por el río Guaviare arriba, como dicen sus pobladores. En el río Guaviare, que tras serpentear mil kilómetros desemboca en el Orinoco, se juntan las aguas de los ríos Guayabero y Ariarí, por los que entró la colonización campesina que desde los años treinta pobló esta región. Por allí, tolimenses, huilenses, boyacences, llaneros y paisas fueron llegando a fundar caseríos y a sembrar caucho, principal atracción para quienes venían llegando y causante de la vorágine narrada por José Eustasio Rivera. El primero es un río verde, como si la selva que lo contiene se fuera disolviendo en sus aguas; el otro es un poco más barroso y viene desde la cordillera Central. Por estos dos ríos, venas hídricas de la región, tiene que pasar todo: la comida y la mercancía, los habitantes y los extraños. Sus aguas, repletas de pez dorado y bocachico, tienen un gran potencial para la pesca deportiva. A sus veras se encuentran pequeños caseríos, campesinos y pescadores que lo recibirán siempre con amabilidad.
Este imponente río divide a los departamentos del Meta y del Guaviare. Al norte de sus aguas se extiende la inmensa sabana, las llanuras del Meta y más allá del Vichada, y al sur la selva, el agreste bosque tropical donde la vida abunda. Por el Guayabero arriba se encuentra un pequeño caserío de unos 40 pobladores que viven de la pesca y de los cultivos de pancoger. Allí, Reinaldo, un lanchero hábil que sabe sortear las fuerzas del agua, nos esperaba para ayudarnos a navegar las bravas aguas del raudal. Reinaldo llegó en 1981, cuando la violencia en el país sembraba desterrados y la coca en el Guaviare se convertía en una promesa sin futuro. Vino de Fuente de Oro (Meta).
Es un llanero neto, de sombrero y bigote espeso, de ceño fruncido y risa fácil. Lleva treinta años en el oficio de pasero, una profesión para la que no hay estudio ni garantías. Como Caronte, el personaje de la mitología griega que cruzaba a las almas por el río Aqueronte, el río de la pena, Reinaldo conoce el río Guayabero en sus bondades y sus furias, sabe dónde se pesca mejor, cuando es la época, pero también conoce su fuerza oscura, el poder de sus corrientes, y de su chorro, esa fuerza interna del río, que un forastero nunca logrará ver.
A eso que llaman chorro le atribuyen que cientos de embarcaciones hayan reventado contra las poderosas piedras cámbricas que encierran al río. Reinaldo ha vivido con la muerte y el olvido: ha rescatado a más de uno y ha visto morir a otros tantos. “En invierno el río se pone muy bravo, se forman unos remolinos enormes. Una vez el chorro me cogió mal y me estalló contra la Piedra Tonina. Era una piedra de 15 metros que estaba en la mitad del río, en una parte donde de lado a lado no mide más de tres metros y que nosotros conocemos como el estrecho. Allí el agua se embocina como si bajara por un pitillo, coge una fuerza terrible. Aquella tarde fui a parar contra esa piedra. Era tarde y llovía a cántaros. La lancha se estalló y el río nos llevó. Yo me abracé a un timbo pequeñito y río abajo fui a salir pero el marinero que llevaba se me ahogó” recuerda Reinaldo, uno de los pocos pobladores que se atreve a andar los peligros de este raudal.
Más arriba del raudal del Guayabero está Puerto Lucas, la finca de uno de los indígenas guayaberos más antiguos de la región. Don Lucas, como se conoce, es uno de los más viejos paseros y hoy, con 80 años, no le tiembla la mano para echar azadón. Su hijo, también llamado Lucas, es quien trabaja la finca y orienta a los escasos turistas que allí llegan. Desgranando maíz en un rincón de su casa nos indica el camino para ir hasta un sitio que tuvo gran importancia ceremonial para una cultura indígena precolombina, aún inexplorada. Las
pinturas del raudal del Guayabero se pueden observar en una pared de roca que alcanza los 25 metros. Es un impresionante mural de pintura rupestres que datan de cinco mil años de atrás: venados, tortugas, monos, tigres y otros animales, acompañados de figuras geométricas; soles, corazones, ojos y puertas.
Sobre la piedra, la vista es maravillosa. La selva se pierde, con esa sensación de inmensidad propia del llano, pero aquí lo inmenso no es la planicie de la serranía sabanera sino una selva tupida, colorida por unos árboles morados que son conocidos como Gualandais. La selva destila olores dulces y de tierra, los micos se mueven en las copas de los árboles, los colibríes pasan raudos por los aires. Las orquídeas, en un acto casi mágico, crecen sobre la piedra. Desde lo alto de ella se alcanza a ver la majestuosidad del Guaviare y del Meta. Y la tarde empieza a caer de nuevo.
Adentrándonos en la sabana, por la vía que conduce a El Capricho y Cerritos, llegamos a la Ciudad de Piedra, un paraje de rocas de hasta cinco metros que se erigen como pequeñas esfinges, una al lado de la otra. Como bien lo retrata su nombre es toda una ciudad, en la que las rocas, que evidencian que alguna vez estuvieron cubiertas por agua, se pierden en el horizonte. Entre unas y otras se forman corredores de arena que dan la sensación de ser calles.
En el suelo, una arena fina como de playa, asfalta los corredores donde crece la flor de Guaviare, una especie de gran belleza que crece en suelos áridos y hace parte de la flora representativa de esta región.
Por este mismo camino se encuentran los pozos, hilos de agua cristalina que nacen en los moriches y que bajan sobre una placa de piedra en la que se forman pequeñas albercas donde los pobladores van a pasar los domingos y juegan a pasar una tarde de baños romanos. Los niños corren quebrada arriba y los adultos reposan mientras las caídas de agua que se forman les masajean la espalda.
Siguiendo la carretera, en los alrededores de San José, se llega a otro de los lugares representativos: la Puerta de Orión. En los árboles abundan los nidos de pájaros mochileros. Es una zona de sabana rocosa, donde el macizo guyanés se extiende cómo un cinturón, como la columna vertebral de esta región.
El tiempo apremiaba y nos quedaban pocas horas en el Guaviare. Se nos dijo que para llegar a la Puerta de Orión había que caminar unos 15 minutos de donde dejamos el carro y comenzó la odisea. Empezamos a adentrarnos en la sabana. A lo lejos se veían unas rocas en las que, pensábamos, encontraríamos la famosa puerta. Anduvimos un par de kilómetros. Pasó media hora y ya empezábamos a mirar el reloj cada tres pasos. El sol se puso en el cenit, fuerte, sin una sola nube. Al rato empezamos a dudar de que fuéramos en el sentido correcto. Ante nuestros ojos la sabana se extendía más, y las piedras, que antes veíamos cerca se hacían más lejanas. Azuzados por la pérdida del vuelo decidimos volver al auto con la frustración de no haber encontrado el punto de la foto. Le preguntamos a unos niños que jugaban por donde era el camino hacia la Puerta y señalaron, con una sonrisa burlona, la dirección contraria a la que traíamos. Resignados, tomamos rumbo al aeropuerto con una sensación de fracaso que se tradujo en una promesa de regresar, pues nos dimos cuenta que fueron muchos los lugares que no alcanzamos a visitar, y muchas las fotos y descripciones que se quedaron por fuera de esta crónica.
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