Por: Milena Clavijo
Su primer contacto con el público fue en un circo. Uno de esos que llegaban a Córdoba, departamento que en algún tiempo fuera asentamiento gitano según le contaba su papá mientras le relataba historias alucinantes y la hacía imaginarse esas carpas errantes que de tanto en tanto él veía llegar durante su infancia.
Así que cuando a los seis años vio, fascinada, cómo se levantaba ante sus ojos una carpa, no dejó de pedir que la llevaran. Si bien ésta no era de gitanos, fue en ella donde días después se hizo realidad su primer sueño: ser contorsionista. Aún recuerda que Yesenia se llamaba esa mujer que se convirtió en su amiga y le enseñó sus primeras lecciones. Con lo aprendido al lado de ella, la contorsionista del circo, la precoz alumna se presentó ante el público. Y ahí supo que había nacido para eso.
“Esa experiencia despertó en mí el deseo de tener al público en frente. Yo quería hacer lo que hacían ellos: llevar alegría a la gente”.
Con papá músico y compositor, una hermana cantante, un hermano percusionista, y hasta con una abuela que integra un grupo de danza de la tercera edad, esta cantautora de Lorica lleva en la sangre la vena artística. Como ella afirma, “la música siempre fue mi destino y nunca tuve que buscarla. Realmente, venía en el paquete”.
A esa inclinación familiar se sumó que “Córdoba es una tierra muy musical, donde hasta para que las vacas caminen, les cantan.
Es lo que se conoce como canto de vaquería. Yo crecí oyendo a los campesinos haciendo grito de monte”. Algunas de las voces que más admira vienen de esos recuerdos de infancia. “María Soripá era una mujer que hacía canto de vaquería para arriar el ganado, pero lo sorprendente es que en esa época eso solamente lo hacían los hombres, ella era la única mujer y a mí me encantaba oírla.
También recuerdo la voz de Lucy González, con la que yo me identificaba porque no había muchas referencias de voces roncas como la mía en esa época, cuando abundaban las voces chillonas. En alguna ocasión que fue a cantar a Córdoba, todos salieron a verla, pero como yo era tan pequeña, no veía nada entre el tumulto, así que me la tuve que imaginar.
Cuando muchos años después la pude ver, supe que era ciega, y que además cantaba sentada. La imagen que yo tenía era la de una mujer llena de vitalidad que se movía por todo el escenario. Así descubrí que los buenos cantantes no necesitan hacer mucho, porque la voz lo transmite todo”.
La vida se encargó de que a esa pasión innata por la música, se le sumaran importantes oportunidades que terminaron por darle cauce a su vocación. A los tres años, en kínder, su profesor de música era Fernando Zumaqué, el gran maestro formador de talentos. A los cinco años ingresó a la escuela de bellas artes. A los 13, una disquera le dio su primera oportunidad, y a los 14 ya había grabado su primer disco.
El Jerre, jerre era el único vallenato que se sabía y fue el que le abrió las puertas. “La verdad es que en Córdoba el folclor es diferente, de cumbia, porro y otras cosas. El vallenato para mí era asunto de hombres, pero un día mi papá me retó. Me dijo: “Si no te aprendes un vallenato es porque te quedó grande”.
Y así, por demostrarle que podía, terminó cantando vallenatos en Valledupar. Allá llegó desde Lorica en busca de algún empresario que se fijara en su talento. “Me encontré con Consuelo Araújo, quien me había visto en un concurso de porro. Me preguntó si cantaba vallenato, yo le dije que ‘sí’ y Alfredo Gutiérrez dijo que él me acompañaba. Canté ese único vallenato que me sabía. La gente empezó a gritar: ‘otro, otro’, pero Alfredo, que sabía cómo era la cosa, dijo, ‘Ahí los dejamos picados’. Al terminar, las disqueras fueron detrás de esa niña que cantaba vallenato. No sabían la farsa sin intención que habíamos hecho”. Su primer contrato había llegado.
Como era de esperar, la disquera quería que su primer disco fuera de vallenato. En el próximo cantas lo que tú quieras, dijeron. “Y resulta que grabé el disco, con el sencillo Enamórate como yo, del cual se vendieron 150.000 copias y alcanzó disco de oro. Entonces la disquera dijo: graba este otro disco y en el tercero sí haces lo que quieres. Y así hice cuatro”.
El éxito llegó, con sus afanes y compromisos, pero Adriana Lucía sentía que le faltaba algo. “Puedo decir que esa ha sido la etapa más valiosa de mi vida hasta ahora, porque llegué a la industria y aprendí de públicos diversos, conocí mucha gente y logré cosas impensables.
La verdad es que cuando uno tiene 14 años no canta por dinero, ni por fama, uno canta porque simplemente quiere cantar. Fue un tiempo muy bonito, y yo estoy muy agradecida con el vallenato, pero de alguna forma, sentía como si me estuviera robando un espacio inmerecido.
Yo tengo un compromiso muy fuerte con mis sonidos naturales, y evidentemente esos no lo eran”.
Así que cuando cumplió la mayoría de edad, para horror de su familia y de la industria, decidió retirarse un tiempo. “Me sentía un poco cansada, no de la música, sino que me parecía un poco frívolo lo que hacía. A mí me indicaban qué cantar, cómo cantarlo, cómo peinarme y vestirme. Y yo venía de lo contrario, de un estado de libertad total en la música. Por eso me rebelé”.
La decisión no fue nada fácil. “Mi familia dijo, ¡esta muchacha se enloqueció!, ¿qué va a hacer?, ¿de qué va a vivir? Cuando estás en esto tienes muchas personas que dependen, incluso económicamente, de ti. No estoy hablando sólo de familia, sino de los que trabajan contigo, mánagers, músicos… Nadie podía entender cómo después de Llegaste tú, mi último lanzamiento –que había pegado muchísimo–, quería irme. Al final, yo sabía que estaba haciéndolo porque mi corazón me estaba diciendo algo, y en últimas, los que te quieren de verdad, solamente desean que tú estés tranquila y contenta.
Aunque el proceso sea doloroso, es como un filtro: los que quedan no son los que te necesitan, sino los que te quieren”.
Fue entonces cuando se encontró con César López –el músico y pacifista colombiano creador de las escopetarras– y optó por dedicarse a la música desde el plano social, trabajando en reinserción y desmovilización. “Me vinculé con Naciones Unidas, en la oficina contra las drogas y el delito. Ese trabajo por la no violencia me llevó a las favelas en Brasil y al congreso mundial de la ONU en Nueva York. Estuve en Broadway, donde canté en el lanzamiento de la campaña para el control de las armas pequeñas con una gran activista africana”. Un periplo y una búsqueda interior que le tomaron siete años.
Como resultado de ese trabajo le quedó una gran enseñanza, alrededor de la cual gira todo lo que hace hoy. “Me di cuenta de que la música existe para servir. Concluí que la industria es muy linda, pero es un ejercicio al ego. Siempre el artista busca hacer más Yo, sonar más Yo, tener más Yo. Y supe que eso me estaba haciendo daño, porque yo veo la música como algo que tiene que estar al servicio de, no al servicio mío”.
En ese camino se encontró nuevamente con Carlos Vives. “Digo nuevamente porque lo conocí desde que hice mi primer disco, cuando los dos estábamos en Sonolux. Me comentaron que había un fan que me quería conocer y resulta que era él.
En ese entonces Carlos me dijo: ‘Algún día, tú y yo vamos a hacer un disco, y va a ser el disco que quieres’. Yo le dije: ‘¿Y cómo sabes que el disco que tengo no es el que quiero?’. Él me respondió que lo presentía”. Once años pasaron desde ese episodio, pero ambos se acordaron perfectamente de él cuando se volvieron a ver.
“Carlos me dijo que ya era hora de volver, y yo estaba lista. Con él y Andrés Castro, su productor, empezamos a componer y en eso duramos año y medio, y otro más grabando”. Hace tres años salió el álbum Porro Nuevo, que es su visión del encuentro de la ciudad con el campo. “Cuando hablo de mis ritmos naturales no me refiero solamente a Córdoba, sino también a Bogotá, donde llevo ya once años. Es evidente que el Caribe es una cuna maravillosa de arte y de movimientos musicales, quizá los más importantes de Colombia, pero también Bogotá tiene unos sonidos importantes, unos sonidos urbanos, que son inspiradores. Además, el frío, la montaña, el domingo de crisis existencial, todo eso es fuente de inspiración y por eso yo quería que mi disco también se pareciera a ella”. De modo que el álbum se llamó Porro, por lo natural y lo autóctono, y Nuevo, por los sonidos modernos que le gustan y la inspiran: el pop, el rock, el reggae y el blues.
Esa multiplicidad de fuentes de inspiración se extiende a los temas acerca de los cuales compone. “Para mí es importante no sólo cantar del amor y el desamor, sino también cantarle a la bandera, a los viajes, a los que viven extrañando su tierra, a esos lugares donde has estado y que te han marcado. Las tusas, la caída y la levantada de uno son importantes, pero también lo son la naturaleza, las mujeres, y tantas historias…, me parece que la composición no puede limitarse sólo al mismo tema”.
Con 28 años, Adriana Lucía tiene claro que el propósito de su vida es compartir ese germen musical que lleva dentro y que tanta alegría produce en quienes la escuchan. “Yo no tengo, ni tuve, ni tendré plan B, porque siempre he hecho música. Soy absolutamente Dios-dependiente, me parece que fue Él quien escogió donde yo debía nacer, y puso en mí esta semilla musical.
Yo simplemente estoy siguiendo un propósito: que lo que Dios me ha dado es para compartirlo”.
Esa fe le permite vivir tranquila. “Yo sé que es Dios quien tiene el control. De hecho, soy tan irresponsable que no planeo. No tengo nada proyectado, no sé nada de cómo estaré en dos años.
No tengo ni idea. Y no tiene que ver con descuido, sino con vivir intensamente mi presente. Así que, aunque hay mucha gente que confía en su talento, en sus relaciones, en sus influencias o en su dinero, yo simplemente confío en Dios”.
Para ella no tiene ningún sentido el trabajo ególatra. “Necesito sentirme útil e insisto en servir”, afirma. Es por eso por lo que ser número uno en la radio no constituye su objetivo, sino más bien un medio para que las canciones lleguen a la gente y la acompañen en su cotidianidad o en su soledad.
“Quiero que te quedes, que ocupó el primer lugar en Colombia, me ha traído las más lindas experiencias: la gente me cuenta que con esa canción ha propuesto matrimonio o se ha reconciliado, y otras historias reales. Yo no sé si eso lo dirán todos los artistas, pero mis fans son muy especiales, me saludan con un cariño tranquilo, como cuando te encuentras con un amigo que hace tiempo no ves. Por eso digo que mi función ha sido acompañar”.
Como la gran mayoría de los artistas musicales, Adriana Lucía pasa buena parte del tiempo viajando. Precisamente hace seis meses regresó de Miami, donde estuvo viviendo por una temporada. “He estado en casi todos los departamentos de Colombia, incluidos Guainía, Guaviare, Amazonas, La Guajira y también en los Llanos Orientales. Me gusta mucho Boyacá, pero no solo Villa de Leyva y los pueblos más conocidos, a mí me gustan todos. Providencia y Coveñas son otros dos destinos a los que me encanta ir.
Disfruto mucho Colombia; pero la verdad, me gusta buscar cosas diferentes que hacer, no solo los paseos típicos”.
De la costa atlántica le encanta Santa Marta, pero sin duda su destino preferido de Colombia es Córdoba. “No hay un lugar en el que me sienta mejor que en el corregimiento de El Carito en Lorica. También me encanta ir a Puerto Escondido, es alucinante”. Para vivir, sin embargo, no cambia a Bogotá, donde, por lo pronto, piensa quedarse largo rato.
Su carrera artística la ha llevado a Italia y España, país este último que recorrió casi todo por tierra. “Me encanta un pueblo que se llama Vittoria, también Bilbao, y amo Madrid, adonde voy casi todos los años”. Berlín, en Alemania, es otra ciudad que igualmente disfruta. En Latinoamérica, si bien le fascina Perú y le encanta Lima –donde le parece que es donde mejor se come en el mundo–, busca destinos raros y poco comunes, como un pueblo que queda en Culebra, una isla pequeña de Puerto Rico, adonde llegó en avioneta y a acampar, pues allí tiene una gran amiga que es cantante.
Uno de los últimos viajes que hizo fue al Líbano y a Siria –en plan mochila–, para conocer el lugar en que vivieron sus ancestros, un pueblo llamado Maaloula, que queda al lado de Damasco. Observadora al máximo, Adriana Lucía recogió todas las impresiones de ese viaje revelador, con lujo de detalles, en su blog personal, para compartirlos con sus amigos y fans. “Si algo aprendí en mi viaje a los países árabes es que no hay que tener pre-impresiones. Sólo cuando vas al lugar, descubres su verdadera esencia”. Por eso, y sin prejuicios, irá próximamente a la India, donde asistirá al matrimonio de una amiga en Delhi.
Muy madrugadora, los días de Adriana Lucía empiezan a las cinco de la mañana cuando se levanta a orar y a oír los pájaros. “Me gustan los amaneceres, ver cómo abre el día. Lo primero que hago es hacerme un café y sentarme a leer en un sillón”.
Sin embargo, no se acuesta temprano. No se queda pasando canales, pues desde hace varios años desterró el televisor de su casa ya que prefiere leer. “Leo compulsivamente, sobre todo literatura: José Saramago, Mario Benedetti, Carlos Ruiz Zafón, Miguel Torres, Isabel Allende, la obra completa de Manuel Zapata Olivella, y todos los años me leo una Biblia. Tengo como cinco, para estudiarla en diferentes versiones”.
Pero el tiempo le empezó a escasear, pues ya comenzó la preproducción de su nuevo disco. Ensayos con la banda, viajes, presentaciones y pruebas de sonido es lo que tiene agendado en los próximos meses, ahora que ya finalizó la composición de las canciones.
Aun con ese frenesí mediático en el que vive, logra sacar tiempo para sí misma. Lo necesita para sentirse completa.
“Me gusta estar sola. Así como me gusta que haya gente, también me gusta mi espacio y mi soledad. A veces me voy a un parque, me gusta llevarme un libro y buscar un lugar secreto. Escribo mucho, canciones, crónicas, dondequiera que voy estoy escribiendo”. Y dentro de esos cuidados para consigo misma está su dieta. Antes era totalmente vegetariana, pero ahora consume pescados y mariscos. Fanática de la comida árabe, la italiana y la peruana, a Adriana Lucía le encanta cocinar e invitar a su familia y sus amigos a su casa a comer. “Mis pastas son famosas”, afirma entusiasmada.
Llena de metas y sueños por cumplir, ella es un torbellino de energía. “Uno siempre está empezando. Yo comparo la vida con una escalera interminable de la que ya he subido varios escalones, pero sabiendo que me faltan muchos todavía. Uno de mis grandes sueños es tener una familia e hijos, así como seguir escribiendo y componiendo… ¡Hay tantas cosas a las que todavía no le he compuesto! Me falta hacer muchos discos y me gustaría, en algún momento de mi vida, producir para otros artistas. Ahora ya estoy escribiendo para otros cantantes, cosa que antes no había hecho”.
Lo cierto es que está lista para seguir labrando su camino sin ataduras, ni ideas preconcebidas, como lo ha venido haciendo hasta ahora. “Cuando uno vive intensamente, va descubriendo cosas increíbles. Yo no creo que siempre lo mejor para uno sea lo que uno mismo planeó. Hay cosas que se te cruzan en el camino y terminan siendo mucho más valiosas que aquellas que tenías proyectadas y creías que eran mejores”. Fe en ella misma y en lo que el destino le tiene preparado, le sobra…
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