Invitado

Alejandra Borrero La dueña de la Casa

Por: Milena Clavijo


Consagrada como actriz de teatro, cine y televisión, premiada por el público y la crítica, esta caucana criada en Cali le apuesta ahora a Casa Ensamble, un espacio pensado para fortalecer la cultura y, de paso, contribuir a transformar la sociedad por medio del arte.

Desesperada porque esa niña no dejaba de llorar por todo, de hacer show por cualquier nimiedad y poner cara de tragedia por tonterías, doña María Josefa le decía a su hija Alejandra, “no llores tanto que se te van a acabar las lágrimas, y ya no te van a quedar más para cuando seas grande”. Esas palabras tenían un efecto inmediato, porque ella, acostumbrada a hacer de todo un drama, no se imaginaba qué haría sin sus lágrimas cuando creciera. ¿Cómo podría entonces obtener lo que quería? Lejos estaba su mamá de imaginarse que esa niña llorona, que se empeñaba en hacerse la víctima y que se salía casi siempre con la suya, iba a usar ese talento emotivo para convertirse en una de las más importantes y admiradas actrices del país, una artista capaz de desenvolverse tan bien en el teatro y en el cine como en la televisión, y que, por añadidura, también llegaría a ser una exitosa empresaria y gestora cultural.
Pero ese era el destino de Alejandra Borrero, quien con su talento sin límites y la energía vertiginosa de un tornado va por la vida llena de sueños, alcanzándolos paso a paso, sin desistir nunca. Admirada, premiada, extrañada por los colombianos cuando pasa algún tiempo sin saber de ella, se trata de una mujer que no conoce los términos medios. Nadie recuerda haberla visto jamás en un “papel flojo”.
Por el contrario, su presencia en un personaje garantiza, de por sí, fuerza dramática, temperamento complejo, y sobre todo, ese juego de matices que la hace única.

Las primeras tablas

Fue en su colegio de Cali donde Alejandra, una alumna más bien perezosa, se apasionó por el teatro. “Cuando yo tenía dieciséis años, Sandro Romero montó en mi colegio Lisístrata, una obra clásica griega. Después de hacer una audición me dio uno de los papeles más importantes, porque aunque yo no era juiciosa para el estudio, sí lo era para el teatro. Él sabía que yo memorizaría los parlamentos, mientras que de algunas de las otras no tenía la seguridad de que se los aprendieran”, recuerda.
La obra fue presentada en un festival de la Alianza Colombo Francesa, y al terminar, Sandro le pidió que lo acompañara a la premiación. “Yo, con mucha pereza, fui. Y resulta que me gané el premio de mejor actriz, aunque yo sentía que no había hecho mayor esfuerzo en ese trabajo. Así que llegué con ese premio donde mi mamá y le dije Mirá, yo quiero hacer esto. Ella se rió un poco y me dijo, Bueno, estudiá actuación y después vemos qué más hacés, porque con eso no vas a poder vivir. Y, sin embargo, aquí estoy después de haber vivido de mi trabajo como actriz todos estos años”.
Ya graduada del colegio, estudiar inglés en los Estados Unidos fue el primer paso que dio y aunque quería estudiar actuación allá, el costo de la universidad la hizo desechar esa idea. Así que volvió a Cali, a la Universidad del Valle, para estudiar con el maestro Enrique Buenaventura. Mientras tanto, sus papás no perdían la esperanza de que comenzara después otra carrera que tuviera más salida, como por ejemplo educación preescolar, pues a Alejandra siempre le habían gustado mucho los niños.

Alcanzando su meta

Silenciosamente ganó, con su primera aparición en la pantalla grande en la película Debajo de las estrellas, su primer premio, el de mejor actriz en el Festival de Cine de Bogotá en 1988. Y fue, literalmente, sin decir una sola palabra. “Tuve todas las dificultades que puede tener un actor. Como tenía problemas de dicción por mi acento caleño, me quitaron todos los parlamentos, y aun así, me gané el premio”, recuerda.
Más adelante tuvo pequeños papeles en Cuentos del domingo (1987), algunas telenovelas y en Décimo grado (1988), hasta que en 1990 fue la inolvidable Caridad Solaz en la telenovela Azúcar. La fuerza interpretativa que demostró le abrió nuevas puertas y estuvo en varias telenovelas con actores consagrados, pero fue su papel de Lucía Sandoval, la villana de Café con aroma de mujer, el que la hizo ser reconocida internacionalmente.
A ese éxito siguió el papel protagónico de Diana en La otra mitad del sol (1996), la participación en Hombres (1996), y en las novelas Perfume de agonía (1997), Amores como el nuestro (1998), El fiscal (1999) y Francisco el matemático (1999), entre otras. Coqueteó tres años con la presentación, en un programa llamado Esta boca es mía (2001), mientras filmaba la película Bolívar soy yo, para luego regresar a la TV con la serie Punto de giro (2003), Merlina, mujer divina (2005) y La hija del Mariachi (2006).

Pero el cine también ha permanecido dentro de sus prioridades y por ello trabajó en Rosario Tijeras (2005), El amor en los tiempos del cólera (2007), Del amor y otros demonios (2009) y Póker (2009), a la par que participaba en televisión en series como Mujeres asesinas, en la que interpretó a la Carnicera (2007), y en las telenovelas El último matrimonio feliz (2008) y Amor en custodia (2009-2010), que alcanzaron alto rating en el país.

La casa de sus sueños

Convencida de que el arte puede transformar a la sociedad y con ella, el país, Alejandra se dejó conquistar por una casa maravillosa de 1.600 metros cuadrados en la zona del Parkway, para comenzar a materializar esa idea.
Patrimonio arquitectónico de Bogotá, la casa fue sometida a una restauración detallada y respetuosa de su estilo original y en agosto de 2008, con la ayuda de una amiga que maneja los temas administrativo y financiero –para los cuales Alejandra se declara desastrosa–, se inauguró Casa Ensamble, un espacio que acoge una escuela de artes escénicas y musicales, y que además cuenta con una galería de arte para promover artistas jóvenes y proyectarlos internacionalmente. Con ese fin, distribuidos en sus tres pisos, hay un auditorio, salas insonorizadas de ensayo y de locución, oficinas, una biblioteca y la galería de arte.
“La idea era tener una compañía para producir las cosas que a mí me gustaría hacer y no sólo para las que me contratan”, dijo en su momento. Así que allí ha podido retomar ese teatro que tanto le gusta, con obras como Pharmakon (2008), Bajo el volcán (2008) y A 2,50 la Cuba Libre (2010), un éxito de taquilla con el cual se alista para salir de gira nacional.
En un año estará graduando su primera promoción y eso la tiene muy contenta. “Espero sacar gente con herramientas fuertes para poder defenderse en el medio y hacer bien este trabajo”, anota. Y como ella no para, desde finales de julio dos nuevas obras se estrenan en Casa Ensamble: Santa Adicción, con Álvaro Bayona, una historia sobre la adicción a la heroína, y Nuevo cabaret, “un viaje en el tiempo, a los años cuarenta, a París, para recrear, con orquesta en vivo, lo que fue el cabaret en esa época. Cada escena es una exquisitez, es una pieza que no se ha visto en Colombia”, anuncia.

Para no olvidar

A pesar de esa carrera llena de buenas señales y reconocimientos tanto de la crítica como del público, no fue fácil que Alejandra tuviera la certeza de que se había convertido en una actriz. “Los actores siempre tenemos la inseguridad de si somos o no somos buenos.
Solamente el escribir actriz en un papel de inmigración cuando me iba de viaje era ya algo que me hacía palpitar el corazón más rápido. Mi sensación era que yo no podía llamarme así hasta que no tuviera muchos años de experiencia”.
Ahora que es profesora de actores en Casa Ensamble sabe que “si como actores ya aprendimos cómo se hace, algún día podremos hacer un personaje como lo soñamos. Sin embargo, siempre vivimos muertos del susto”. Eso lo vivió en carne propia, pues durante muchos años sintió que tenía que demostrar en la siguiente producción que sí servía, porque el hecho de haber participado en un proyecto exitoso no era garantía para ella de que tuviera el camino abierto. “Finalmente me di cuenta de que éste realmente era mi oficio. No sé si soy la mejor, la peor, o qué, pero esto es lo que sé y lo que amo hacer, lo que me produce tanta felicidad
que me olvido del día y de la noche”, asegura.
Y como el obstáculo más grande que debió sortear para hacerse actriz fue a sí misma, esa es precisamente la razón por la cual le gusta enseñar. “A pesar de haber tenido todos los problemas posibles, logré trabajar y resolverlos en el camino. Sé lo que un actor siente y necesita cuando está en escena”, asevera. Y también sabe muy bien cuál es la responsabilidad de quien está sobre las tablas. “Tu tarea, tu trabajo, es hacer que el público se interese, se sobrecoja, se emocione, llore, ría, goce, sufra. Ver cómo un actor puede manejar la emoción del público es algo que para mí resulta maravilloso”.
Esas sensaciones son las que a ella le producen actores de la talla de Daniel Day Lewis, de quien dice que “está fuera de todas las ligas”, Glenn Close, Meryl Streep, y algunos colombianos como Margarita Rosa de Francisco, Robinson Díaz, Juan Pablo Espinosa y Sebastián Martínez. “Creo que tenemos mucho talento y de diferentes tipos”, afirma sobre estos últimos.
Casa Ensamble también le ha cambiado la perspectiva con la que mira el mundo. “El ego de actor es una cosa brutal y eso impide de alguna manera ver cuán importante resulta el trabajo de todos y no solo el tuyo. Es vital entender que el trabajo lo hacemos todos, que el actor sencillamente pone la cara y trabaja las emociones, pero también están el director, la imagen, el concepto, el porqué, el cómo, el cuándo, mil cosas que son importantes”, dice.

La familia

Nacida en Popayán pero criada en Cali, Alejandra tuvo una bellísima infancia de bicicleta, barrio y novio de murito, como ella dice. “Tuve una vida envidiable que los niños de ahora ya no viven”, recuerda.
Al igual que ella, sus otros cuatro hermanos también llevan el arte en la sangre. “Mi hermano es chef, un panadero excelente; una de mis hermanas es artista plástica y psicóloga; otra es ceramista, y la menor trabaja en masajes, energías y ese tipo de terapias”. Hoy casi todos viven por fuera del país debido a los difíciles momentos de violencia de finales de los años noventa. “Es una tristeza no tenerlos cerca, pero vienen con alguna frecuencia. Ahora mismo los tengo a todos aquí, vinieron a hacerle visita a la tía, así que tengo la casa llena de sobrinos”.
Sus padres son la columna y el eje de la familia. “Mi papá es ingeniero civil, mi mamá siempre nos cosía toda la ropa, fue una diseñadora de modas maravillosa, que trabajaba el lino de una manera increíble.
Hoy sufre una artritis reumática que le ha afectado las manos pero sigue trabajando a diario, porque no se va a dejar vencer por la enfermedad. Es una lección verla todos los días luchar con amor y con verraquera. Hasta ha participado en muchas de las convocatorias de artistas plásticos de la Casa Ensamble”.

Sin tiempo de nada

Desde que abrió la Casa, Alejandra casi se ha olvidado de la vida social y de cuánto detesta madrugar. “Mis días son un corre-corre terrible. Hoy, por ejemplo, me levanté a las siete de la mañana, me fui a grabar la primera escena de la nueva novela Allá te espero, luego grabé en la Casa un comercial para la gira de A 2,50…, y después asistí a una reunión para definir asuntos pendientes de un festival que estamos armando. Y así es siempre. Acá se trabaja de día y de noche. Así que entre las grabaciones y la Casa no tengo un minuto”.
Con casi tres años sin vacaciones, cuando sale de viaje aprovecha para “descansar un poco, cambiar de ambiente, de panorama y seguir andando por el mundo”. Su destino preferido es el planeta entero y se goza cada sitio al que va. “Estuve en Argentina hace un par de meses, en una feria de arte. Buenos Aires es una ciudad encantadora y deliciosa. Soy una persona que se sorprende con lo que la vida le ofrece, así que siempre disfruto mucho, esté en Pereira, en Buenos Aires, en El Cairo, o en Suárez, Cauca”.
Su lista de deseos incluye volver a Marruecos, conocer África, y ojalá ir a Oriente, a la India, para quedarse un buen tiempo. Pero si de escoger un sitio para vivir se trata, no duda en elegir San Francisco, Barcelona, Buenos Aires y por supuesto Bogotá, donde lleva más de veinte años.
Hace poco, por su trabajo en TV estuvo durante una semana en Pereira, donde se enamoró de la zona cafetera. “No me había dado cuenta de que realmente es el paraíso: tiene el clima más delicioso; calor de día, fresquito en la noche; el paisaje más exquisito, los olores más maravillosos, termales espectaculares. Todos los colombianos tendríamos que conocer esa zona y vivir orgullosos de tener un sitio tan hermoso”.
Amante de la vida al aire libre, Alejandra se escapa a su finca cuando tiene un tiempito. “Allá puedo desconectarme de todo, vivir en paz, no oír nada y entrar en contacto con la naturaleza”. Una dicha que no le dura mucho ya que rápidamente debe regresar a la realidad, pues su trabajo como gestora cultural es un frenesí constante. “Hay tantas cosas por hacer, yo creo que apenas estamos empezando.
Hay tanto que quiero decir, tanto que quiero actuar, tanto que quiero mostrarle al público, y que irán viendo en el camino…”. Un propósito al que piensa dedicarle mucho tiempo, porque según ella, “yo sólo tengo trece años en el alma, no más, y las arrugas no tienen que ver nada con eso”.

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