Por: Milena Clavijo
Hay imágenes que marcan una vida. A los seis años, la infancia de David Manzur transcurría en Bata, la segunda ciudad en importancia de Guinea ecuatorial, África, donde vivía con su familia en una casa en la playa. Justo al frente había un barco encallado. “Ese barco completamente oxidado era mi juguete. Es por él por lo que desde niño, lo que yo veo es el mundo oxidándose.
Esos colores, el óxido del hierro, el azul y la espuma del mar, el sol de las cuatro de la tarde… son los ingredientes básicos de lo que hoy hago”.
Dibujando aviones y barcos como ese, que soñaba tener como juguetes, comenzó lo que sería su afán de pintar. “Nunca tuve la conciencia de estar entrando a nada sofisticado, simplemente era una actitud muy directa que ejercía hacia el objeto que tenía en frente. Cualquier niño a los siete años está pintando, ese es un lenguaje natural que se va desarrollando”.
Así, observando con sus ojos de niño el mundo que lo rodeaba y plasmándolo en una hoja, comenzó la fructífera trayectoria de este pintor y artista, autor de obras magníficas, que para él, son “terminadas por aquel que las observa y las interpreta”.
Algunos años después le tocó vivir como estudiante, en carne propia, la guerra civil española. “En esa época todo era muy duro y adusto, esos colegios donde estuve interno parecían cárceles, no porque fueran malos, al contrario, los curas eran buena gente, pero las circunstancias de España durante la guerra eran complicadas. Comíamos muy mal y mientras tanto oíamos la vida de los santos. Recuerdo que en Sevilla, en el comedor, había un cuadro de Zurbarán. De manera que pasé esos años con hambre y con el cuadro de Zurbarán al lado, leyendo la vida de martirios de los santos: que si los matan, los acuchillan, los fritan, se los comen, les cortan la cabeza… Así que me parece que he dibujado un poco, a manera de ilustración, lo que me han contado”, relata. Estas experiencias vendrían a sumarse a las de aquellas impresionantes procesiones de Semana Santa, que a los cuatro años veía con horror y que lo asustaban tanto, en Neira, el pueblo de Caldas que le vio nacer hace más de ochenta años.
“Quizá lo que ocurrió es que todo lo que me rodeaba trataba de dibujarlo y ponerlo en términos visuales”, dice, y el resultado de ese ejercicio se encuentra, por ejemplo, en sus memorables lienzos de Santa Teresa, San Sebastián y San Jorge.
Era obvio que el camino de las artes lo esperaba y terminó estudiando en la Escuela de Arte Claret, en Las Palmas, Islas Canarias, y al regresar a Colombia ingresó a la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. No hubo opiniones encontradas en la familia respecto a su vena artística. “Yo he sido una persona muy sola toda la vida, y habiendo estado interno en el colegio, nunca tuve ese diálogo con mis padres. De manera que ni siquiera sé qué dijeron cuando se enteraron”. Más adelante, con un estilo definido, asistiría a la Art Student’s League y al Instituto Pratt, en Nueva York.
Admirador profundo de pintores como Velázquez, Picasso, Bacon y Lucian Freud, a quienes considera de alguna forma sus maestros, Manzur piensa que el artista nace, y el proceso para hallar esa fuente interna de inspiración es el trabajo mismo. “El arte no se estudia o no se consigue a través del estudio.
Lo que se puede transmitir es el oficio que requiere cada postura conceptual de un artista. Hay artistas formales, que usan el caballete, el cuadro y los elementos formales del arte. Hay otros que dicen que no necesitan de estos elementos, y efectivamente, hay propuestas conceptuales que no se realizan en los términos comunes, como por ejemplo las metáforas en espacios ambientales y los performances. Es decir, resulta impredecible saber en qué forma se va a manifestar el arte, es prácticamente imposible ponerlo en términos muy concretos. Simplemente, se manifiesta”.
Y es enfático al decir que ningún artista puede estar seguro de su talento. “Yo nunca lo he estado, y pienso que quien lo esté, está perdido. Uno vive trabajando, pensando, dialogando, aprendiendo. Si lo que resulta les llega a los demás, creo que es una forma de acierto. Insistir en el arte y capotear todos los problemas que hay, eso sí es talento”.
Algunos artistas tienen mentores, guías que les ayudan a encontrar el camino. En el caso de Manzur, no hubo quien le diera la palmada en el hombro y le dijera “¡Qué talento tienes!, hombre”. Pero eso no le impidió llegar lejos. “No tengo alguien específico que me haya apoyado, tal vez porque he sido muy solo, pero indudablemente, todo lo que me rodea, cualquier persona que mira una obra mía, cualquier comentario, las personas que me escriben y me cuentan cómo interpretaron una pintura, me ayudan.
Otro estímulo fue haberme ganado un premio de la Fundación Guggenheim. Son muchas las cosas que uno va asimilando y a las que va respondiendo”.
Después de casi un centenar de exposiciones, una decena de reconocimientos, menciones en textos de arte, enciclopedias y diccionarios de todo el mundo, y muchos cuadros vendidos, David Manzur afirma sin reparos que aún no ha llegado su momento cumbre. “Todavía no he hecho el mejor cuadro. Siempre lo tengo en la mente, es el que estoy pensando. Pero cuando lo hago, ya estoy pensando en el otro. Es algo interminable”.
La vida misma ha sido el obstáculo más grande que ha debido sortear para llegar a convertirse en el artista que es hoy. “La definición de arte, para mí, es la inutilidad. Eso quiere decir que el arte está tan por encima de lo práctico y pragmático que una de sus características es la inutilidad, y moverse en ella crea muchas dificultades. El arte, además, juega con el absurdo, va contra la lógica muchas veces, contra las convenciones establecidas por la sociedad, y eso hace que uno esté siempre en dificultad. Pero más allá de eso, cuando se tiene la garra de llegar a algo –y moriré pensando que tengo que llegar a algo–, uno pasa por encima y vence todos los obstáculos.
Aunque si me preguntaran si ya los vencí todos, diría que no. Si eso fuera así, no volvería a trabajar. Cuando uno pinta piensa que cada vez la cosa puede ser mejor”.
Se acusa de ser terriblemente perfeccionista, lo cual le hace demorarse mucho en finalizar cada obra. Pero todo ese tiempo y esfuerzo valen la pena cuando al fin llega el momento de entregar su trabajo al público. “Cuando uno hace una obra de arte, el reto está en hacer que el mensaje le llegue al espectador. Si la gente no recibe la obra, la falla no está en ellos, sino en mí. Ese poder de transmitir es muy importante. De lo que estoy seguro es que quien ve un cuadro no es una persona pasiva, aunque se encuentre en actitud de contemplación, sino que mentalmente está terminando el cuadro al tratar de interpretarlo. Lo mejor es que muchas veces la interpretación de la obra no coincide con la de aquel que la hizo, pero lo cierto es que todas esas interpretaciones son igualmente válidas”.
Sus viajes tempranos a África y al Viejo Continente serían apenas el abreboca de una vida que lo ha llevado a muchos rincones del globo.
“Estudié en los Estados Unidos y en Canadá. También he estado en México, Argentina, Ecuador, Venezuela, Francia, Portugal, Italia, la India y hasta la Antártida. En fin, como que no me falta sino ir a la Luna”, dice entre risas. Apenas termine la próxima exposición que prepara para el MamBo en Bogotá, la cual tendrá lugar en noviembre de este año–y que de forma evocadora se llama Ciudades oxidadas–, piensa partir hacia Turquía. “Me parece uno de los países más interesantes del mundo”.
Quizá esa vida sin anclas y en total libertad, sin esposa, ni hijos, viviendo solo con sus cuadros, ha hecho que cada viaje le despierte las ganas de quedarse a vivir en un nuevo destino. “En Bélgica hay una ciudad que me parece la más bella del mundo, que es Brujas y me encantaría vivir allí. También en Nepal, que queda al pie del Himalaya, me quería instalar, a pesar de lo distinta que es su cultura a la nuestra. En la India, en Mumbai, y hasta en la Antártida, también me pasó lo mismo”.
Pero aun con tantos lugares magníficos a los que ir, Manzur permanece en Colombia. “Este es un país privilegiado en atractivos ambientales.
Yo vivo en Mosquera, aun a riesgo de una inundación. Y me parece que cualquier cosa en Bogotá es interesante porque es una ciudad en evolución. Me gusta el norte, el sur, el centro, la Candelaria...”.
Se levanta a las siete de la mañana y hace al menos una hora de gimnasia a diario. Quizá sea ese, y la posibilidad de dedicar su vida por entero al oficio que ama, el secreto de su increíble vitalidad y su atemporal aspecto. “El resto del día estoy trabajando en mis cuadros.
Generalmente, las concepciones de las obras que hago las reviso por la mañana. Trabajo hasta tarde en la noche, porque hay obras en las que a veces no puedo parar y me dan hasta las dos o tres de la mañana. Cuando eso ocurre, me levanto más tarde, pero siempre le doy mucha importancia al ejercicio físico”.
Si tiene algo de tiempo libre, suele dedicarlo a la lectura. “Ojalá pudiera leer mucho más, pero estoy todo el día con los ojos puestos en el caballete. Acabo de terminar La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa. Me gusta mucho Borges. También me interesa la ciencia hipotética que plantean Carl Sagan y Arthur Clark, un astrónomo que se dedicó a escribir y es el autor del guion de la película 2001 odisea del espacio, de Stanley Kubrick”.
Otra de sus grandes pasiones es el cine. “Me ocupo de videos de mi obra que complementan lo que yo hago en arte y eso me toma tiempo y me interesa muchísimo. No uso la palabra hobby porque me parece muy superficial y yo me tomo muy en serio lo que hago con el cine, pues me sirve de complemento para la pintura”.
También dedica buena parte de su tiempo a estudiar. “Me interesa mucho repasar el proceso de los artistas. Hace poco estuve en el Louvre, haciendo una filmación sobre unos cuadros de interés histórico, como La Virgen de la Roca, de Leonardo da Vinci. También en el Museo Pompidou hice un recuento de un artista que fue mi gran amigo, el venezolano Jesús Soto”.
Y después de una vida tan fructífera, ¿qué le falta a David Manzur? “Yo me hago esa pregunta todos los días. Quisiera vivir trescientos años para desarrollar todo lo que pienso, creo que me falta mucho más. He concluido, no por mí sino estudiando a otros, que los artistas piensan en un horizonte de tiempo mucho más amplio del que pueden vivir, generalmente, 300-400 años. Entonces, como no alcanzan a realizarlo todo, otro artista continúa y ese, creo, es el acierto más grande que se puede lograr: hacer aquello que el anterior dejó planteado y no pudo terminar”, concluye.
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