Invitado

Manuel Elkin Patarroyo Trabajando por un mundo mejor

Por: Milena Clavijo


Brillante médico e inmunólogo, este generoso tolimense ha dedicado su vida entera a la investigación persiguiendo su sueño de hacer vacunas sintéticas para erradicar la malaria. Mientras lo consigue, su perseverancia y sus avances traspasan las fronteras y son reconocidos en el ámbito científico mundial.

Todo empezó a los ocho años, cuando Manuel Elkin Patarroyo y su familia, desplazados por la violencia que azotaba al país, debieron trasladarse desde Ataco, su pueblo al sur del Tolima, al municipio de Girardot, en Cundinamarca, más precisamente a la primera planta de un hotel pequeño cercano a la estación del ferrocarril. Allí, la vida de este muchacho desaplicado para los estudios, que hasta entonces se la pasaba montando en burro, nadando en las quebradas y jugando con caucheras, sufrió un choque profundo pues ya no podía salir a divertirse en medio de la naturaleza, como solía hacerlo.
“Mi padre, viendo que yo era un huracán con patas, para mantenerme quieto y de paso regalarme un sueño, me dio un cómic sobre la vida de Luis Pasteur, titulado “Descubridor de vacunas, benefactor de la humanidad”, y a mí me gustó tanto lo que leí que decidí que eso era lo que quería hacer. Y nunca cambié de opinión”, relata este médico e inmunólogo colombiano, célebre por haber conducido la experimentación que llevó a formular, producir y aplicar la primera vacuna sintética contra la malaria en el mundo, y quien por sus aportes científicos ha recibido multitud de premios y reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Robert Koch, el Premio Príncipe de Asturias y la medalla de Edimburgo, además de haber sido postulado tres veces al Nobel, dos veces en química y una en medicina.

Regalos que marcaron elcamino

Sorprendido al ver el interés que el cuento había despertado en su hijo, el padre le consiguió entonces otra historieta titulada “Robert Koch y su lucha contra la tuberculosis”, al que siguieron “Armauer Hansen y su lucha contra la lepra” y “Ronald Ross, y su batalla contra la malaria”, en cuya portada aparecía un mosquito picando a un individuo sudoroso y delirante. “Esto demuestra que ni siquiera cambié de enfermedades. Desde los ocho años supe que lo que quería hacer era luchar contra esos mismos problemas, ser científico y desarrollar vacunas. Nunca hubo nada distinto”, matiza. Dado que en Girardot ya no podía andar por ahí cogiendo huevos de los nidos, o tumbando mangos, decidió volverse buen alumno. “Llegué a ser el mejor estudiante de Cundinamarca. Ahí ya me picó el bicho del conocimiento. Siempre orientado hacia las ciencias, sacaba las mejores notas en biología, anatomía y esas áreas”.
Hacia los doce años, su padre acertó nuevamente al regalarle un libro de química. “Con ese libro me di cuenta de que yo era extraordinariamente visual, me grababa ipso facto las fórmulas”. Y precisamente esa sensación de que la química y él hacían buena pareja, fue la que lo llevó a pensar que las vacunas se podían producir químicamente.

Grandes influencias

Si bien sus padres tuvieron una influencia enorme desde el punto de vista de aptitudes, valores y sueños, quien se encargó de orientarlos fue Manuel José Gaitán, brillante médico gastroenterólogo de unos setenta años que había estudiado en Alemania y en Francia, hermano de Jorge Eliécer Gaitán, el inmolado político colombiano. “Él llegaba a almorzar y a cenar al restaurante del hotel. En esas ocasiones hablaba con mi papá y se fue convirtiendo en parte integral de la familia, nos acompañaba siempre”. Después de las historietas de ciencia, el resto de las lecturas que hizo fueron inducidas por este personaje, que le pasaba las revistas de las casas farmacéuticas, en las que los laboratorios anunciaban sus productos y los últimos avances.
Familiarizado y fascinado con ese mundo, la Universidad Nacional lo esperaba para estudiar medicina, y empezar su brillante recorrido por el mundo científico, en el que han abundado los obstáculos, que siempre ha sabido superar. “Tuve unos padres muy sabios y bondadosos, ellos eran gente de provincia. No eran ilustrados, ni estudiados en universidades, pero entendieron que lo importante era darles a sus hijos seguridad, esa que proporciona el afecto, el cariño. Y fuera de eso, principios, valores —que conllevan una serie de actitudes—, y sobre todo, sueños”.

Redes de contactos

Teniendo muy claro lo que quería, desde el primer semestre de la carrera pidió cupo en el laboratorio. “Tuve la fortuna de haber ido muy joven a Rockefeller University, a hacer investigación. Comencé en el primer semestre con genética, en el segundo pasé a endocrinología y en el tercero, un profesor llamado Mario Ruiz, que dictaba Fisiología, y a quien no vi sino una sola vez, me dijo, “Usted es un pelado muy inquieto, ¿qué es lo que quiere hacer?”. “Vacunas”, respondí.
Este profesor, a quien Patarroyo asegura deberle tanto, le presentó al científico norteamericano descubridor del virus que causa la fiebre hemorrágica boliviana, hermano del virus del ébola. “Se trataba de Ronald Mackenzie, a quien yo ya conocía por algunas lecturas y quien se convertiría en otro de mis héroes, pues agarró a un mocoso arrogante de 19 años y lo forjó”, recuerda. Y es que el joven estudiante le dijo al científico consagrado que quería hacer vacunas, pero no como las que él había hecho. “Imagínese la imprudencia. Él, de una nobleza muy grande, no me sacó a patadas, sino que me dijo: ‘Pues yo no sé si eso se puede hacer, pero mientras tanto, venga le enseño cómo se hacen en la forma clásica’”.
Patarroyo dejó prácticamente de ir a clases, porque prefería estar en el laboratorio haciendo investigación hasta las nueve o diez de la noche y a veces, incluso, pernoctaba allí para poder llevar a cabo los experimentos en condiciones estrictas. “Una vez Mackenzie, que era profesor de Yale en comisión en América, tenía que irse para Villavicencio con el presidente de la Fundación Rockefeller y los carros llegaron a las cuatro de la mañana al laboratorio. Me encontraron en pijama haciendo los experimentos y registrando los datos. Quedaron muy sorprendidos y admirados con mi dedicación, y siempre tuve abiertas las puertas de la Rockefeller Foundation y la Rockefeller University de allí en adelante”.

Con los grandes

Al terminar quinto semestre, gracias a su empeño y dedicación y a las recomendaciones de Mackenzie, que desde el principio vio en él gran potencial, la Universidad de Yale lo invitó a estudiar y trabajar por un tiempo. “Se me pusieron las piernas de gelatina, porque se me estaban abriendo las puertas de la tercera universidad del mundo. Me cubrían todos los costos, y allá estuve con los grandes que estaban trabajando los virus de la influenza, los de las diarreas, los que son trasmitidos por vectores o mosquitos, y los virus de las fiebres hemorrágicas”.
Al llegar preguntó quién estaba investigando sobre vacunas químicas, pero nadie lo estaba haciendo. Sin embargo, Delphine Clarke, una de las fundadoras de los grandes grupos de virus, una mujer mayor, excepcional y muy neurótica, que había sido la mejor estudiante de su promoción de John Hopkins, le comentó que su compañero Henry Kunkel, considerado el mejor inmunólogo del mundo, estaba averiguando la estructura química de los anticuerpos. “Como yo era un ratón de biblioteca y vivía admirado con la cantidad de libros y publicaciones que había disponibles —porque aquí en Colombia la más reciente tenía por lo menos seis años de haber sido publicada—, ya había leído sobre él, que era el editor del Journal of Experimental Medicine y después fue postulado para el Nobel”.
Si quería que ella le presentara a Kunkel, la cita sería al día siguiente, y para ello tenía que estar a las 6 a. m. en la estación del tren. “De la emoción tan terrible, a las cinco de la mañana estaba yo ahí”. Después de escucharme, Kunkel dijo: “Es factible, pero le tomará tiempo y habrá que seguir unos pasos específicos”. Yo me sentí en el cielo, porque era la primera vez que alguien decía que sí se podían hacer vacunas sintéticas. Y luego remató: “Venga le presento a alguien que está trabajando en eso”, y le presentó a Bruce Merrifield, quien más adelante ganaría el Premio Nobel de Química por haber hecho la síntesis química de las proteínas.
“Al final de la entrevista, Kunkel me dijo que él no me podía pagar para hacer las investigaciones, pero le dije que, por el contrario, yo estaba dispuesto a pagar por poder hacer lo que quería. Después de escuchar eso, me dijo que me financiara el tiquete y que él me conseguía el alojamiento en las residencias de los estudiantes, que, por cierto, ya todos estaban graduados”.
De esta manera, el joven Patarroyo terminó en el mismo laboratorio que los científicos que habían dado los primeros pasos para ayudarle a hacer realidad su sueño. “La verdad es que he caído siempre en manos de gente maravillosa, bondadosa y generosa”, recuerda con agradecimiento.

La primera vacuna sintética

Ya graduado de médico, con Doctorado en Medicina y Cirugía de la Universidad Nacional, una especialización en Virología en la Universidad de Yale y otra en Inmunología de la Rockefeller University y el Instituto Karolinska de Estocolmo, Patarroyo montó un laboratorio en el Amazonas, para hacer moléculas y ensayarlas en los micos, pero los resultados no eran los esperados.
“Un día en 1985, mientras llevaba a algunos de mis estudiantes para que conocieran la estación, un compañero, Carlos Parra, me dijo que había observado que unas moléculas demoraban la aparición de la enfermedad. Yo le respondí que de todas maneras terminaban por enfermarse. Y él me propuso hacer una mezcla. En ese momento supe que teníamos que devolvernos de inmediato. El paseo duró un día”.
Se dedicaron a ensayar con mezclas de moléculas y de pronto, el 26 de enero de 1986, se dieron cuenta de que una de ellas protegió a 50% de los micos. “Ese instante, cuando estaba mirando en los cuadernos las anotaciones de los resultados, me generó una profunda impresión, porque supe que habíamos encontrado la respuesta para hacer vacunas sintéticas con la malaria como prototipo. De los nervios, a las 11 p. m. me monté en el bote, una lanchita de aluminio con un motor 50 fuera de borda. Comencé a imaginarme todo lo que me iba a suceder, todo lo que iba a tener que hacer de ahí en adelante: vacunar humanos en América Latina, en el sureste asiático, en África…, comencé a vomitar y me caí al río. No me dio miedo, por el contrario, en lo único que podía pensar era en Dios, le pedía que me iluminara para saber lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Yo sí esperaba lograrlo, pero en 15 años por lo menos, no antes. Y fue en cinco. Sentí pánico del futuro que me esperaba”.
“Esta primera vacuna tenía una efectividad de 30-50% y la que vamos a sacar ahora va por encima de 90%. Pero toca comenzar otra vez los estudios vacunando en Colombia, en otros países de Latinoamérica, África, Tailandia…, en eso se me van por lo menos diez años más”, dice.

Sin ánimo de lucro

Pero no solo han despertado asombro los resultados alcanzados hasta ahora en las investigaciones de Patarroyo, sino también el hecho de que en un acto sumamente generoso, este científico colombiano ha decidido ceder todos los derechos sobre la citada vacuna a la OMS y a la Unicef, en vez de venderles la patente a las multinacionales farmacéuticas. “Nunca he querido tener, siempre he querido ser. Y toda mi vida he sido consecuente con eso. Lo heredé de mis padres, para quienes era vital que lo que hacían nunca se contradijera con lo que pensaban o decían. Hoy tengo 64 años y no he cambiado, sigo queriendo descubrir vacunas para ganarme, el día de mañana, el cariño y el afecto de la gente por lo que he hecho”.
Esos padres tan recordados y ensalzados, sacaron a sus once hijos adelante con un almacén pequeño, “de esos de pueblo, donde venden fríjoles, camisetas, helados, de todo. Y después tuvieron una pequeña finca de ganado”. Dentro de ese numeroso grupo de hermanos, en el que hay diez profesionales y nueve posgraduados, cinco son médicos, una es psicopedagoga, otra es enfermera, otro es politólogo y otros dos son administradores de empresas con MBA. “Siendo el mayor yo tenía que ser el ejemplo y eso forjó mi manera de ser. Los mayores siempre dejan un camino que los demás se sienten impulsados a seguir”.
Él, por su parte, a pesar de tanto estudio no se ha privado de tener una familia. “Estoy casado hace cuarenta años con una mujer maravillosa, María Cristina, médica, especializada en recién nacidos. Fuimos compañeros durante toda la carrera y novios desde el tercer mes. Cuando yo fui el mejor estudiante de Cundinamarca, ella fue la mejor estudiante también, así fue como nos conocimos. A ella le debo la carrera porque era la que me ponía a estudiar. Yo solo quería dedicarme a la ciencia y con lo que escuchaba en las clases pasaba las materias. Pero los fines de semana María Cristina me hacía estudiar, y aunque a regañadientes, yo obedecía”.
Son padres de tres hijos, el mayor es médico, doctor en química y científico; la segunda es médica pediatra, y el menor es filósofo y doctor en filosofía. “Son unos hijos maravillosos. Me preguntan cómo hicimos para que nos salieran tan bien todos y digo que les dimos principios, valores y actitudes, esa es la fuerza del ejemplo”.

En el aire

Aunque siempre quiso viajar, para Patarroyo en este momento de su vida ese tema es excesivo. “Voy a Europa cada veinte días. Sólo me falta conocer Australia y tampoco he ido a Alaska y Siberia, porque allá no hay mosquitos”, bromea.
Después de recorrer el mundo, asegura que le gustaría vivir en España y en Estocolmo, donde vivió unos años por sus estudios. “Es una vida muy monótona, pero muy acorde con mi estructura de personalidad y mi forma de ser. Yo no necesito grandes sobresaltos, aunque los puedo asumir o causar y no soy psicorrígido, pero me gusta la vida tranquila, más reflexión y análisis, mucho trabajo, pero para poder pensar”.
Sin embargo sabe que está atado de por vida al trópico, porque aquí está la materia de sus investigaciones. “He viajado mucho por Colombia, me la he recorrido en gran medida a pie; adoro el Amazonas, me lo he caminado completo, trabajando con los indígenas, viviendo ahí. Cartagena me parece una ciudad hermosa. También me gusta la costa del Pacífico: Tumaco, Guapi, Barbacoas…, es espectacular. Mucha gente no lo entiende, porque como es lodoso y lleno de fango no lo voltean a mirar, pero hay unos manglares maravillosos que a mí me gustan mucho”.
Y entre sus lugares preferidos también están Ataco, ese pueblo tolimense encajonado entre dos cordilleras en el que nació, así como los llanos orientales, a pesar de que cuando va ya no puede montar a caballo a raíz de un problema causado por una superbacteria que adquirió en Mozambique, y que le ha costado al menos nueve cirugías. “Algo se me tenía que pegar”, dice.

Trabajar, trabajar y trabajar

Sin importar en qué lugar del mundo se encuentre, este científico colombiano empieza su día entre las 3.30 y las 4.00 a. m., cuando se sienta a escribir hasta las 6.30 a. m. “Soy muy disciplinado y además no sufro de JetLag, porque duermo muy poco. Con cuatro horas tengo”. Ese es su secreto para haber producido 325 publicaciones mundiales de alto impacto.
Cuando está en Colombia, llega al FIDIC (Fundación Instituto de Inmunología de Colombia) a las 8 a. m. “No salgo sino contadas veces y solo para almorzar por acá cerca. Es una vida que para otra persona sería monótona, pero para mí es excitante, porque lo que me emociona es el descubrimiento que se va dando a cada instante”.
Los sábados y domingos también madruga. “La diferencia es que el sábado me voy a la oficina hasta las tres de la tarde y el domingo, en vez de escribir en la madrugada, leo todos los periódicos. Le bajo un poco el ritmo a la escritura para caer en la lectura. Tengo una biblioteca de libros de pared a pared, y otra tonelada regada por el piso porque ya no me caben en los estantes. Soy un lector obsesivo- compulsivo”.
En el poquísimo tiempo libre que le queda, disfruta interactuando con amigos pintores. “Como todo me entra por los ojos los admiro mucho. Alejandro Obregón, Manuel Hernández, Armando Villegas, Omar Rayo, Carlos Salas, Carlos Jacanamijoy y Gonzalo Ariza fueron o son grandes amigos míos. Lo cierto es que voy y “los asalto”. Cuando estoy de visita y me gusta algún cuadro, les digo: “Ese cuadro es mío”. Y ninguno me ha dicho que no. Así es como tengo una espectacular colección de arte, donada por esta gente maravillosa a quien quiero o quise muchísimo”.
Dejó de hacer ejercicio veinte años atrás cuando se desintegró un grupo con el que practicaba deporte, pero asegura que de toda esa actividad física que hizo de joven, le quedó una buena capacidad y resistencia, de la cual va a necesitar echar mano ahora que viene el trabajo de campo con la nueva vacuna. “Las condiciones son extremas, toca ir un fin de semana a Tanzania y estar de vuelta, ir al Amazonas y salir para Tailandia después, y así sucesivamente. Eso requiere muy buen estado físico”.
Pero a este inmunólogo por vocación eso parece no importarle. “Tengo mucho por hacer, estoy comenzando, apenas. En diez años, después de hacer la distribución masiva de la nueva vacuna, tendré 75 y me faltarán 15 años más para hacer vacunación en el resto del mundo, cuando tendré 90. He tenido un proyecto de vida que he dirigido como un misil hacia lo que quería hacer, y sólo al culminar mi existencia estaré viendo que tuvo sentido. Pero le doy gracias a Dios por haberme permitido llevar una vida totalmente congruente para lograr, si no el fin, la proximidad del fin de mi proyecto”, asegura. Un proyecto que, sin duda, la humanidad tendrá que agradecerle infinitamente.

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