Sentirse Bien

Si es ya, es ya

Por: Milena Clavijo


Procrastinar, es decir, dejar para después lo que debería hacerse ahora, es un mal en el cual muchos caemos día a día. Erradicarlo de una vez por todas es la mejor manera de avanzar, sin tropiezos, hacia el logro de nuestras metas.

Por complicadas, problemáticas y aburridas, o simplemente porque les tenemos “pereza”, son muchas las tareas que preferimos postergar. Y tan común resulta dejar actividades inconclusas o aplazadas indefinidamente, que hasta existe un término para describir dicha práctica: procrastinar.
Esta palabra, que muchos encuentran difícil de pronunciar, viene del latín pro, que quiere decir adelante, y crastinus, que hace referencia al futuro. De esta forma, procrastinar se define como la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes, pero que resultan más agradables a la persona.
La raíz del problema está en que las actividades pospuestas se asocian con algún factor negativo, como el estrés y la incomodidad que éste conlleva; la resistencia al cambio; la frustración y el cansancio, o el dolor físico que se presenta ante una actividad que requiere ejercicio fuerte o vigoroso. Es decir que, por lo general, aquellas actividades que se posponen, son percibidas como difíciles, tediosas, abrumadoras, inquietantes o desafiantes.

Cómo surge

El médico psiquiatra Cristian Muñoz explica que el desarrollo cognitivo de un individuo permite que desde muy temprano se establezcan patrones, hábitos y rutinas que se convierten en la estructura para desarrollar cualquier actividad de manera organizada y planificada.
“En el neurodesarrollo, según la teoría de Piaget, durante el período preoperacional (2-6 años), es normal ver que un niño comience muchas actividades y no las concluya. Después de los siete años ya se han consolidado estos procesos cognitivos y se espera que un niño pueda concluir una actividad específica y después comenzar otra, explica. “Esto va a depender también del medio ambiente y de las pautas de crianza que se establezcan para ayudar a que su cerebro funcione de manera organizada. El desarrollo cognitivo en los niños es un proceso de maduración neurológica en el que se establecen actividades de atención, memoria, aprendizaje, etc., que permiten que el niño pueda percibir su entorno y elabore un conocimiento sistematizado”.
Sin embargo, cuando se han generado eventos biológicos (condiciones médicas o de salud deterioradas, trastornos cognitivos), psicológicos (estados emocionales depresivos o de ansiedad) o sociales (interacción social con efectos negativos en el colegio, el jardín, etc.) que impactan el desarrollo neurológico, se puede presentar en los niños la procrastinación, obedeciendo a la inmadurez neurológica de ciertas estructuras cerebrales, especialmente la corteza prefrontal, expone Muñoz.

Yo procrastino, tú procrastinas…

Esta conducta evasiva es frecuente encontrarla en el “síndrome del estudiante”, en el que se pospone el estudio para el examen o la preparación de un trabajo hasta la fecha límite. Pero también la encontramos en alguna medida en esa extendida costumbre de dejar todo para última hora: la presentación de la declaración de renta, el cambio de cédula, la compra de un tiquete o de los regalos de Navidad, la consecución de boletas para un concierto, etc.
Otro tipo de procrastinación se presenta cuando se consideran muchas opciones, pero no se hace una elección concluyente, posponiendo de manera indefinida la escogencia de una alternativa y los efectos que ésta trae.
En ocasiones, esa costumbre puede generar dependencia de otros elementos externos, como Internet, leer libros, revistas o periódicos, salir de compras, comer compulsivamente o dejarse absorber en exceso por la rutina laboral, entre otros, los cuales se convierten en pretextos para evadir alguna responsabilidad, acción o decisión. “Si bien en los adultos no se ha documentado una prevalencia por género, sí se ha asociado esta condición con pacientes que presentan trastorno por déficit de atención e hiperactividad, los cuales tienen mayor tendencia a tener bajos niveles de atención sostenida”, añade Muñoz.

Cómo evitarla

Aunque se ha dicho que de vez en cuando procrastinar no hace daño, este especialista difiere completamente con esa afirmación y explica que “la procrastinación generalmente obedece a procesos cognitivos y emocionales vinculados con procesos de neurodesarrollo anómalos”.
La tentación de dejar para después aquello que debería hacerse ya, acecha todo el tiempo y por ello, explica Muñoz, es impor tante establecer desde el proceso de crianza pautas en las que se favorezcan procesos cognitivos y emocionales adecuados. “Si los padres reparan en la relevancia de transmitir seguridad, confianza, favorecer el desarrollo de una buena autoestima y detectan precozmente procesos cognitivos inadecuados, como el déficit de atención, trastorno del aprendizaje, retardo en el desarrollo psicomotor, etc., se pueden implementar de manera temprana intervenciones dirigidas a optimizar estos procesos de manera adecuada”.
Cuando vinculamos el análisis, la racionalización y una toma de decisiones adecuada, desaparece la procrastinación. Por eso es necesario que cada actividad que se programe cuente con una justificación clara y precisa, de manera que la persona sólo tenga que enfocarse en comenzar. Una vez que se ha empezado, lo mejor es dividir los proyectos o actividades en varias etapas que hagan menos agobiante seguir avanzando. “Un paso a la vez, todo se hace más fácil”, dicen los gurús japoneses del cambio y la productividad.
Otra elemento que ayuda a evitar la posposición indefinida de actividades importantes, es abandonar el perfeccionismo, pues la inseguridad que se genera impide a la persona intentar algo por temor a cometer un error. Es fundamental permitirse la equivocación para poder avanzar poco a poco hacia una meta.
Dado que en mayor o menor medida todos hemos caído en la tentación de procrastinar, Muñoz recomienda acudir al psicólogo o al psiquiatra sólo cuando esta práctica afecta significativamente el desempeño funcional en todas las áreas y genera efectos médicos o psiquiátricos.

Tips para evitar la tentación

  • Medir el impacto de las situaciones que a veces aplazamos y establecer indicadores semanales o periódicos de desempeño que nos permitan detectar de manera anticipada qué tanto estamos procrastinando.
  • Establecer rutinas y hábitos que permitan que las actividades en las cuales se involucran tanto los adultos como los niños, tengan un comienzo, desarrollo y fin.
  • Evaluar si la procrastinación va acompañada de otros síntomas, como distracción fácil o dificultad para concentrarse o para seguir instrucciones, porque puede estar relacionada con un trastorno cognitivo, o con un trastorno emocional, como depresión, ansiedad etc. En ese caso, lo mejor es consultar a un especialista en salud mental para que evalúe y dé un tratamiento.
  • Preguntarles a las personas cercanas si han observado algún otro tipo de síntoma adicional, que lleve a pensar en la necesidad de una evaluación médica.
  • En casa, constituirse como modelo y referente para los jóvenes como padre. Se les pide a los hijos lo mismo que uno cumple.
  • Tener en cuenta que por influencia del entorno a veces las personas padecen de un trastorno obsesivo, una especie de “duda metódica”, que hace que evalúen excesivamente las cosas y demoren la toma de decisiones para no enfrentarse a sus consecuencias.
  • Meditar sobre el proceso de decisión, la planeación que sobre las decisiones se hace, el manejo de las emociones, y el autocontrol que surge cuando las cosas no salen como se espera.

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