La competencia no solamente utiliza armas cada día más sofisticadas, sino que a diferencia de lo que sucedía hasta hace unas décadas, viene de todos los lugares del planeta.
Toda empresa interesada en sobrevivir y crecer tiene que satisfacer plenamente las expectativas del cliente y tratar de conseguir su fidelidad hacia el producto. Muchas son las formas de conseguirlo, pero sin duda uno de los elementos que puede distinguirse a simple vista es la “calidad”.
Definir CALIDAD no es fácil, porque puede significar algo distinto en distintas situaciones y para personas diferentes. En general se dice de un producto o servicio que está en consonancia con las expectativas de un grupo de consumidores.
El concepto de calidad es el predominante en la gestión administrativa de la nueva era de los negocios, convirtiéndose en una filosofía, con diferentes escuelas. Sea TQM, ISO o como se llame, en el fondo consiste en una búsqueda de conseguir entregar al cliente el más relevante valor, al menor costo, mientras se logran utilidades sostenidas y estabilidad económica para la empresa.
El concepto de calidad, que en algún momento se daba en forma voluntaria por las empresas, se ha venido haciendo compulsivo por la tremenda competencia, acelerada e incrementada por la globalización.
Deming, Jurán, Feigenbaum, Crosby, Ishikawa, Taguchi, los gurús de la calidad, llevaron el concepto a las grandes corporaciones y ha ido penetrando en las empresas medianas y pequeñas. Actualmente se utiliza como una jerga universal entre las compañías que pretenden llegar a ser competitivas.
Las similitudes en el pensamiento de los magos de la calidad resultan notorias. Todos llegan a la conclusión de que es imprescindible ser “el mejor” en algo. El impacto ha sido tan grande que al movimiento originado se le
ha dado en llamar la “revolución de la calidad”.
Se ha dicho y repetido que en la próxima década es la calidad la que va a impregnar todos los aspectos de la vida: no va a prevalecer solo en el trabajo, sino que va a dominar la vida en comunidad y la propia existencia, lo cual se traduce en conseguir mejores condiciones de vida, trabajando menos y obteniendo más, en ambientes más seguros y confortables.
Una de las formas de probar la calidad al consumidor es la “certificación de productos o normas o sellos de calidad”. Esto significa que alguna organización confiable garantiza al consumidor que los productos o servicios cumplen con determinadas normas de calidad y seguridad.
Una certificación de calidad no es más que el reconocimiento por parte de terceros, los cuales garantizan que existen indicios fuertes de la capacidad de una empresa para desarrollar una organización que mide sus cotas de productividad, acepta la innovación y gesta capacidades de adaptación o flexibilidad.
La certificación incluye a la empresa en un segmento integrado por compañías con conductas homogéneas, que compiten a partir de exigencias similares. Frente a los consumidores o usuarios pone en evidencia qué productos llegan de la mejor forma posible, reduciendo los peligros de manejos inadecuados, homogeneizando los procesos y ayudando a conservar el medio ambiente.
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