Urbe

MEDELLÍN Impecable e imparable

Por: Toya Viudes


Tras años de conflictos, Medellín muestra ahora su mejor cara. Todo un ejemplo para la arquitectura mundial, la tacita de plata, como la llaman cariñosamente, es un destino al que llegas y en el que te quieres quedar, una ciudad que enamora y atrapa. La capital de Antioquia se ha convertido en una ciudad amable y solidaria que apuesta por la cultura y la educación como herramientas para la transformación social.

Mi avión aterriza al caer la tarde. Medellín me recibe con un inolvidable atardecer entre verdes montañas. Qué buen saludo me brinda esta ciudad con la que tantas
veces he soñado.
Con los gobiernos de Fajardo y Salazar, Medellín ha dejado de ser una de las ciudades más violentas de América Latina para convertirse en un ícono de transformación social. Ocho años de inversión en el espacio público, según me cuenta el arquitecto Camilo Restrepo, en los que los mejores profesionales han construido imponentes infraestructuras. Camilo es autor, junto a otros colegas antioqueños, del Orquideorama, un jardín de orquídeas premiado en medio mundo y levantado en el Jardín Botánico, pulmón verde de 14.000 hectáreas con más de mil especies de flora y fauna que visito un día de lluvia. A la entrada leo una frase que resume la filosofía de esta ciudad: “El ingreso es gratuito. La Alcaldía ya pagó por usted”.

“Medellín, la más educada”

Quiero seguir descubriendo esta ciudad y saber qué tiene de cierto el lema “Medellín, la más educada”. Llego en metrocable hasta Santo Domingo, el que hasta hace nada, para muchos, era el barrio más inseguro de la ciudad más insegura de Latinoamérica. Ahora, como nos dicen Sebastián y Mateo –nuestros pequeños guías– “es un barrio más alegre y más contento”. ¿Y qué ha movido este cambio? Entre otras cosas, el Parque Biblioteca España, todo un espacio para el conocimiento, obra del arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti.
Son las seis de la tarde y la biblioteca está repleta de niños viendo películas, leyendo, jugando con las computadoras, en la ludoteca. Hablo con ellos y me cuentan que vienen a diario a este imponente edificio de piedra negra –donde todo es gratuito– construido en lo alto de la ciudad –las vistas son impresionantes–, que les ha devuelto la dignidad y el orgullo a todos y que sienten como algo muy suyo. Está claro que la arquitectura no puede cambiar el mundo pero sí hacerlo un poco más habitable.
Al día siguiente visito el Parque de los Deseos que aglutina ciencia, astronomía, arte, ocio y la Casa de la Música, con sus salas gratuitas de ensayo. Juliana, mi guía, me recuerda que existe la Escuela de Red de Bandas de Medellín con 27 centros en los que 4.000 alumnos de todos los estratos reciben formación musical sin costo alguno. Me despide un letrero que dice: “Haciendo de la cultura parte de tu vida”.
Juliana Restrepo me espera en el Museo de Arte Moderno que ella dirige y que se levanta en los antiguos Talleres Robledo donde se fundieron los rieles y las piezas del hoy ya desaparecido ferrocarril. Disfruto oyéndole hablar del compromiso, ilusión y entusiasmo de todos por hacer de Medellín una mejor ciudad, del trabajo en conjunto, de la cultura y la educación como poderosas herramientas de transformación. Y conozco por ella el programa Entrada Libre, por el que los sectores más vulnerables y desprotegidos tienen acceso gratuito a los principales espacios culturales y recreativos donde les ofrecen actividades especialmente diseñadas para ellos. Un dato: sólo para los jóvenes, la Alcaldía cuenta con 88 programas y proyectos y 950 escenarios recreativos y deportivos.
Me dirijo ahora al Parque Explora. Antes de venir a Medellín había oído hablar del pirarucú, uno de los peces de agua dulce más grandes del mundo, pero sólo lo conocía por fotos, así que tengo la enorme suerte de poderlo ver vivito y coleando en el acuario, el mayor de agua dulce de toda Sudamérica. Me sumerjo de lleno en este fascinante viaje en el que aprendo, además, que el pez macho arowano guarda los huevos de sus crías en su boca y que el temblón es capaz de soltar una descarga eléctrica de hasta 800 voltios. Pero Explora es mucho más. Con su impactante estructura de cuatro cajas rojas flotando contra el horizonte se ha convertido en un parque interactivo para la divulgación de la ciencia y la tecnología. Son 22.000 metros cuadrados repartidos en varias áreas, además de otros 15.000 de plazas públicas que durante mi visita están literalmente invadidas por familias y grupos de amigos.

La Casa de Todos

Dejo el Parque Explora y camino hasta el Centro de Desarrollo Cultural de Moravia, un espacio para la cultura, la educación y el desarrollo comunitario. En el patio me reciben los gritos y los juegos de cientos de niños. El edificio, de ladrillo rojo, es obra del arquitecto colombiano Rogelio Salmona.
Yeison Henao, promotor cultural del centro, me da algunos datos: diariamente pasa por allí un promedio de 1.400 personas para participar en las innumerables actividades organizadas. Aquí, asegura Yeison, siempre hay algo que hacer. Subo con él hasta la terraza del edificio desde donde diviso el morro, basurero municipal durante años, hoy convertido en emblema del barrio. Yeison vivió allí y me relata que parte de Moravia está asentada sobre ese basurero al que llegaron hace unos cuarenta años, en busca de trabajo, cientos de desplazados que poco a poco levantaron sus viviendas. Me despido de Yeison y, acompañada por Alejandra, doy una vuelta. Alejandra tiene veinte años, nació aquí y me confiesa, con un brillo especial en sus ojos, que el centro le ha cambiado la vida: “Antes de que lo construyeran yo no había tenido ningún contacto con la cultura. Después de participar en actividades y talleres decidí estudiar Artes Plásticas en la universidad”.

Botero y los periquitos

Hoy recorro el centro de Medellín. Miro y admiro las obras del artista antioqueño Fernando Botero que llenan la Plaza de las Esculturas. Enfrente, el Museo de Antioquia, joya arquitectónica y uno de los edificios art déco mejor conservados.
Una bandada de periquitos sobrevuela mi cabeza. Enfilo por la calle Junín donde una monja me ofrece buñuelos con natilla, postre típico. Movida por la dulce tentación, recalo en la pastelería Astor y pruebo los famosos besitos de negro, los sapitos con jugo de mandarina y otros coloridos dulces. No quiero irme sin visitar Versalles, punto de encuentro desde 1961, y comerme una de sus empanadas argentinas.
Llego a Prado Centro, el barrio más exclusivo entre los años treinta y los cincuenta, y para mí, uno de los más bonitos de la ciudad. Me sorprende la locura arquitectónica: hay casas de estilo oriental, republicano, colonial, belle époque, art déco, neoclásico, kitsch y hasta egipcio. Me pierdo entre las antigüedades de la Tienda-galería “Casi nuevos” donde converso con Mónica Pujo, su dueña. Ella vivió en el barrio hasta los doce años pero lo abandonaron ante la falta de seguridad. Hoy, clínicas, centros de arte, compañías de teatros y escuelas de ballet lo han elegido como centro de operaciones.

Casa Canutos, charcutería frutal

Un taxi me lleva a Manila, en el barrio El Poblado. Mi cita: Casa Canutos. Me recibe Samuel Restrepo, gerente de esta charcutería frutal donde se fabrican, de forma totalmente artesanal, caramelos de frutas, chocolates y mermeladas, ciento por ciento naturales.
Todo se hace a mano, con amor, dedicación y mimo; desde comprar la fruta hasta envolver los caramelos y cortarlos, eso sí, con mucha destreza, para que todos
queden iguales. Salgo feliz, con dos bolsas gigantes en mi bolso de estos exóticos y adictivos caramelos con los que de seguro sorprenderé a mi familia y amigos en España en estas Navidades.
No puedo irme de Medellín sin probar la cazuela de fríjoles. Sería un auténtico pecado. Acepto la invitación que me hacen y me planto en Ajiacos y mondongos exquisitos, uno de los mejores restaurantes para probar este típico plato.
Pero como no sólo de cazuelas y otros guisos vive el hombre, voy a cenar a Herbario, un sitio que me ha encantado. Su chef, Rodrigo Isaza, tomando como eje las hierbas y especias, me sorprende con platos como la ensalada de tabulé de cebada con pollo y piñones o el salmón al lulo. Rodrigo es igualmente chef de Bonuar, otro lugar muy recomendable que, además, es local de copas con música en directo.

Descálzate

Estoy hospedada en el arborizado barrio de Laureles. Aquí, en una maravillosa y soleada casa estilo art déco, dos españoles, Mariano Capdevilla y Martín Climent, tras el éxito de su primer hostal en el cercano municipio de La Estrella, han abierto el Urban Buddha Hostel, un innovador concepto de alojamiento que, además, ofrece una atractiva oferta cultural.
En metro llego al Parque de los Pies Descalzos. El guía nos invita a quitarnos los zapatos y a disfrutar de este recorrido de descanso, meditación y relajación abierto a todos. Tan sólo el hecho de descalzarme transforma mi energía y mi respiración.
Salgo de allí y cruzo la calle para dar una vuelta por la Plaza Mayor donde me sorprende el diseño exterior del Centro de Convenciones, al que llaman “La caja de madera”.

Cultura Metro

Medellín es la única ciudad de Colombia con metro. Diariamente se mueven 400.000 personas en este transporte que, en muchos casos, ha cambiado sus vidas. Nunca antes había visto unos vagones tan limpios, unas estaciones tan cuidadas, unos viajeros tan respetuosos. ¿Y cuál es el secreto de que parezca recién construido a pesar de tener ya más de diez años? La Cultura Metro, que ha conseguido crear un sentido de pertenencia y de cuidado de las instalaciones difícil de encontrar en otro sitio del mundo.
Además de met ro, Medellín tiene metrocable, sistema de transporte público permanente por cable aéreo, único en el mundo junto con el de Caracas. Hago el viaje
hasta la parada de Arví. Mis compañeros de cabina no son turistas, ni esquiadores ni nada por el estilo, sino trabajadores que regresan a su casa. Me cuentan que antes de existir el metrocable el trayecto en autobús no era menor a una hora y que ahora llegan tras un apacible y silencioso paseo de tan sólo quince minutos. Sonríen. Cogemos altura, perdemos de vista la ciudad y empezamos a sobrevolar los bosques que rodean al Parque Arví. Ya no hay ruido, ni casas. Tan sólo árboles, árboles y árboles, bancos de niebla y los cantos de los pájaros. No hablamos. Sobran las palabras. Está atardeciendo y las vistas son impresionantes.
Tras este viaje por los aires es hora de despedirme de esta ciudad que me ha contagiado de una pasión; una pasión que se llama Medellín. Seguro que volveré pronto.

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